el palo enjabonado

 Este texto fue leído en la presentación del libro de entre "La Reacción: derecha e incorrección política en Uruguay", el 8 de setiembre de 2019 en la Intendencia de Montevideo.

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En una madrugada de trabajo en el libro, discutíamos con los entre sobre la derecha y la incorrección política. Buscábamos palabras para describir ese objeto tan escurridizo que es la incorrección, y decidimos ponernos a mirar artefactos culturales que nos dijeran algo sobre esa sensibilidad. Dimos vueltas por youtube, hasta que finalmente encontramos un hallazgo: “los piratas” de los Auténticos Decadentes.

Quizás algunos de ustedes (yo, seguro) la hayan bailado en algún casamiento entrada la madrugada con la corbata en la frente. “En días de la semana/ En horas calculadas/ Izamos la bandera/ Un grupo de piratas/ Llamadas misteriosas/ Encuentros clandestinos/ Hoteles alejados/ Lugares sin testigos/ Y nos sacamos el anillo carcelero/ ¡Y vivimos una noche de solteros!”

Mucho de lo que queremos decir en el libro está en esa canción. Es un hombre casado, que se va de viajes de negocios, ve a su matrimonio como una cárcel y se desahoga saliendo de putas y cantandolo. Esto no es el poliamor ni la superación de la monogamia. No es joven ni nuevo, es el viejo y querido señor de traje, pelado, engordando y putañero. Un hombre de bien.

Uno podría decir, es una canción, un chiste, encima viejo. Si, todo eso es cierto. Pero los chistes hacen gracia porque muestran algo, y no está mal entrar a ver que es lo que muestran. Los piratas son casi un arquetipo, y en la canción lo que se muestra es una fantasía. La fantasía de trasgredir un mandato, en este caso la fidelidad, y hacerlo de manera gozoza, con una alegría genuina como logran pocas canciones. Pero lo interesante es que el mandato se trasgrede al mismo tiempo que se afirma. No es que el hombre de familia está siendo desafiado, es que aparece en su versión más pura.

En el libro hay una sección en la que se habla de Petinatti, que es un muy experto jugador en esta dualidad. Capaz de pasar de la guarrada desagradble al moralismo emocionado en segundos, nos obliga a pensar en la forma como el conservadurismo y su moral se articulan con la trasgresión liberataria. Un sentido común pseudo-psicoanalítico podría decirnos que debajo de una superficie conservadora, de una fina pátina de moral y buenas costumbres, se está todo el tiempo conteniendo a una olla a presión de un fondo guarro, libertino y profundo.

Resulta que en el caso de Petinatti sucede exactamente lo contrario: detrás de una fina capa de libertinaje hay un fondo conservador, familiarista, moralista, pacato y fascista. Petinatti se presenta como alguien que habla en nombre de lo auténtico y lo reprimido contra la pacatería. Es un personaje sutilmente dual: sostiene la norma arbitraria y tiránica de la sexualidad dominante, y canaliza los términos de su trasgresión. Pero atención, a que el fondo, lo reprimido, no es un goce liberado, pansexual o andrógino, sino un machismo cuyos valores se parecen más a los de un cura que a los de un libertino.

Estos son productos típicos de la cultura del Río de la Plata de los 90. El hombre de traje empezaba a desintegrarse como tipo cultural dominante. Quizás eso sucedía por la oleada post-dictadorial de cultura de masas del Norte, quizás por la forma como el neoliberalismo desarticulaba ciertas relaciones tradicionales, quizás como respuesta a la presencia de cada vez más elementos plebeyos en el espacio público. En cualquier caso, las corbatas dejaban de ser obligatorias, el chiste se hacía omnipresente, la televisión se hacía más extrema, la trasgresión y la irreverencia se transformaban en valores del establishment.

Pero lo que desafiaba al hombre de traje no era algo exterior, sino que al resquebrajarse, establlaba desde adentro su propia sombra siempre conocida pero no siempre reconocida. Hablo del putañero desagradable que toma whisky en los asados, parte constitutiva del “hombre de bien”. El libertino noventoso (que sigue siendo el personaje hegemónico en la cultura de masas uruguaya) es una cara más “honesta” del viejo “hombre de bien”.

Por un tiempo, parecía que el portaestandarte del placer, el erotismo y la joda iba a ser este libertino noventoso. Pero empezaron a aparecer otros erotismos y otras deshinibiciones. En los últimos años el desafío al hombre de traje (y también al libertino noventoso) sí vino desde fuerzas antipatriarcales, feministas, de las disidencias sexuales, antijerárquicas, que si buscan una liberación no era la alegría honesta de los piratas, sino otra alegría, de otres.

Y este es el punto en el que nos encontramos a la incorrección política. Porque la trasgresión del libertino noventoso ya no es contra su cáscara de “hombre de bien”, sino contra quienes impugnan su abusos, y sus estructuras de fantasía. El incorrecto no pone ya en el lugar del moralista y el pacato al conservadurismo, sino a la izquierda, de paso empalmando con una vieja tradición liberal y conservadora de acusar a la izquierda de autoritaria (a pesar de que, por supuesto, el autoritarismo en Uruguay fue siempre liberal y conservador), reforzando el mito de que en el Uruguay de hoy la hegemonía cultural es de izquierda y reciclando para uso local a los ejes de disputa entre los liberales y el movimiento conservador estadounidense.

Entonces ya aparecieron los tres elementos básicos de la incorrección política. Una (1) superficie libertina que esconde un (2) fondo conservador y denuncia (3) a la izquierda como censora. Esta fórmula se repite una y otra vez. Esta oposición entre corrección e incorrección política organiza a la política no entre clases, ideologías o tradiciones, sino en una oposición entre norma y tragresión.

Superyo y ello. Y en esto hay mucho de época, dos caras en la misma moneda de la política ochentista. Si para la centroizquierda, una vez desaparecido el problema del socialismo, la política es una cuestión de derechos, de normas y de reformas del lenguaje para las que la desigualdad sea tabú pero no desaparezca, su contracara toma necesariamente la forma de la trasgresión, que festeja gozosamente la jerarquía, rompe el tabú y dice las cosas como son.

Aparecen entonces dos devenires en espejo, micropolíticas ochentistas que articulan la oposición entre corrección e incorrección política: el progresista burocrático y el palo enjabonado.

Por un lado, el del progresista tecnocrático, burocratizado, que se desplaza de la militancia a la profesionalizción, que implica la capacitación en cierto lenguaje técnico, la participación de redes trasnacionales de activistas/académicos (donde cunden formas de vida neoliberales), la identificación con el estado, que de manera lenta pero segura se va alejando de lo que está pasando.

Por otro lado, está el devenir que en el libro llamamos el “palo enjabonado”, es decir el lento desplazamiento hacia la derecha que sufren algunos sujetos, que parece tan inexorable una vez que empieza. Hay muchas maneras de describir la secuencia del tubo enjabonado, pero a menudo tiene que ver con personas con trayectorias izquierdistas o libertarias que tienen dudas sobre los empujes de la agenda de derechos y el feminismo y al ser criticados como conservadores, se paran en el lugar del librepensador o el provocador, lo cual activa un círculo vicioso entre sus peleas con la izquierda y una sutil pero decidida bienvenida de la derecha, que siempre recibe a los conversos con los brazos abiertos. El palo enjabonado está formado de una economía libidinal compuesta de los ataques desde la izquierda que busca disciplinar a los suyos, de una derecha que tira flores para intentar morder de posibles divisiones y del goce del incorrecto, que viene de sentirse superior al rebaño. Si bien hay diferencias grandes entre una víctima típica del palo enjabonado y un libertino noventoso, la incorrección política es el estandarte que los unifica.

Cuando alguien se está desplazando por este palo enjabonado, la primera pregunta que se nos aparece a los de izquierda es si se trata de un compañero confundido o heterodoxo, o si es directamente alguien a combatir. Esa pregunta puede llegar a ser relevante en ciertas discusiones, pero la verdadera pregunta que deberíamos hacernos es como desactivar el círculo vicioso que hace tan inexorable el desplazamiento por el palo enjabonado.

Si la incorrección es una entidad heterogénea y con cierta complejidad interna, también la corrección. No es lo mismo la corrección política del progresismo, vinculada a las ciencias sociales y algunos organismos internacionales, cuyo tono es anodino e impostado, que el discurso radical, que entre equis, pelos de colores y veganismo va creando una nueva contracultura. Este radicalismo se ve a si mismo como enemigo del progresismo, pero ambos son agrupados por la derecha como “corrección política”, término que sirve para acusar a la izquierda tanto de burocrática y anodina como de violenta y destemplada.

Es cierto que hay que quienes llegan tarde a ciertos consensos sobre las palabras que hay que usar o las teorías y prácticas de vanguardia, y que es necesario crear formas de convivir y discutir entre distintas sensibilidades. Y no deberíamos dejar de tomarnos en serio este problema solo porque viene planteado por quienes se están alejando por el palo enjabonado. Pero si se pueden encontrar en algunos casos excesos de celo y rigidez de parte de la izquierda en el uso del lenguaje y la crítica cultural, eso es retroalimentado por la ausencia total de voluntad de diálogo por parte de los incorrectos, que recurren inmediatamente al sarcasmo, no son capaces de moverse un centímetro para hacerse audibles para la izquierda y saturan sus “críticas” de acusaciones.

A veces, cuando me siento en riesgo de caer en ese tubo, por posiciones heterodoxas y no-tan-radicales en los micronichos en los que me muevo, conociendo la existencia del tubo, elijo callar, pensarlo mejor o hablarlo en espacios no tan públicos. ¿Esto es una autocensura? ¿o es pensar antes de hablar? ¿o es tener confianza en mis compañeres? ¿es hipocresía? ¿o es un poco de disciplina militante? ¿lleva a círculos de silencio o es, en realidad, el intento paciente de buscar el lugar donde sí es posible el diálogo? En esta época donde hablar siempre de todo es obligatorio, donde escupir todo lo que nos pasa todo el tiempo por la cabeza es el imperativo que viene directo desde nuestros Amos de Sillicon Valley, quizás no decir todo lo que uno piensa en todos lados no sea una imposición terrible, sino una apertura a la libertad de cierta opacidad de la subjetividad, y a la exploración de la construcción de un pensamiento colectivo.

El gesto del desahogo del que fue censurado y ahora finalmente dice lo suyo es muy de la gente que vivió la era de los partidos comunistas. Hay toda una generación que llegó a la conclusión de que la izquierda fue derrotada en sus intentos revolucionarios por la censura, la falta de debate, etc. La historia muestra que hubo mucho de eso, pero también muestra que si algo hubo en la izquierda sesentista en Uruguay fueron debates, desacuerdos, disputas y pacientes construcciones de un lenguaje común. Quizás, para entender la derrota, tenemos que mirar otras cosas, entre ellas al enemigo que la derrotó.

Entonces volvemos a la cuestión del enemigo. Porque aún si llegáramos a la conclusión de que quienes están avanzados en su deslizamiento por el tubo son ya enemigos, eso no es razón para hacer de cuenta que no existen. Necesitamos desesperadamente exponernos al discurso de la derecha, no para tener “debates razonables”, sino para poder entenderla y combatirla mejor. Nietzsche, un gran reaccionario, sabía que la enemistad es una relación íntima.

En otra presentación de este libro, una presentadora preguntaba por la genealogía de la incorrección, y si fue alguna vez de izquierda. Es algo sobre lo que no estamos seguros, pero yo hoy diría más bien que no. Reservaría la palabra “incorrección” para la trasgresión que reafirma las jerarquías dominantes, y la separaría de lo que las desafía desde abajo.

La incorrección tiene una historia larga, que es la de una serie de personajes que tienen una gran ambigüedad ideológica. Tiene que ver con Nietzsche y los dandys, con los 80 y los 90, con Escanlar y Tinelli, con la contracultura y la televisión. Pero cuidado, de los 80 salió Petinatti pero también Lazaroff y La Tabaré. Y de los lectores de Nietzsche del 900 salió De las Carreras fumando opio y denunciando el femicidio, y también Reyles, reivindicando el poder de los fuertes desde la Federación Rural. Hay todo un campo de problemas no resueltos, que trabajamos en diferentes momentos del libro, que tienen relaciones viscosas entre si: la bohemia, la cultura de masas, el aristocratismo, la denuncia de lo gris.

Hoy, el tipo de incorrección que producen la derecha y la cultura de masas es la triste posición del provocador, el cínico y el escéptico que no provoca o ridiculiza al status quo, sino a los que quieren cambiar algo. No es extraño que los principales perros de ataque mediáticos de la oligarquía, en Uruguay y más allá, se piensen a si mismos como políticamente incorrectos.

Hay todo un goce en la jerarquía, el del que se cree mejor. Y tiene como contracara el enojo cuando no se le permite gozar ese goce. Hay una lucha de placeres entremezclada con la lucha de clases, y quizás no sea posible una convivencia tolerante y liberal, dado que algunos de esos placeres necesitan humillar y explotar a otres.

El chiste puede ser un ejercicio de poder. Del jefe humillando a la secretaria, el marido a la esposa, del machote del liceo al que parece que es medio puto. Esos chistes son un mecanismo de control social. Y hay una incorrección, un goce y una deshinibición que llevan directo al fascismo. Por algo Bolsonaro y Trump hacen tantos chistes. Se ufanan de trasgredir, en el discurso y la práctica, las “hipócritas” normas de los derechos humanos. El palo enjabonado va de la izquierda al liberalismo, pero hay otro que va del liberalismo al fascismo.

El que se ríe de los chistes de estos fascistas es el que en la chiquita reprime a sus subalternes que se le retovan, el que confiesa en cuentas anónimas sus ganas de matar, de que vuelva la tortura a los tupaspichis. Algo de eso tenemos que mirar si queremos entender donde está la fábrica de fachos que amenaza con pasarnos por arriba.

Pero también hay otros inmoralismos, otras trasgresiones, otros chistes. Verdaderas irreverencias y trasgresiones, que no son las trasgresiones mandatadas desde arriba. Otros placeres y otras liberaciones, que no pasan por creerse mejor que los demás.

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