sobre "la pesadilla que no acaba nunca" de Dardot y Laval*

“No hemos terminado con el neoliberalismo” es la primera frase de “La nueva razón del mundo”, libro de Pierre Dardot y Christian Laval, que ya tiene unos diez años. Esa frase tiene, en Uruguay, algo de profético. “La pesadilla que no acaba nunca”, libro de los mismos autores, pero de 2016, también es un libro sobre el neoliberalismo, y sobre cómo combatirlo.

En un época de extrema confusión política y de reiteradas derrotas, renuncias y retrocesos de la izquierda, este tipo de esfuerzo es más que bienvenido. Este libro viene a sumarse a una enorme y creciente literatura sobre el neoliberalismo, que cubre varias disciplinas, corrientes y enfoques, y cuenta con numerosas controversias. El campo de estudios sobre el neoliberalismo obtuvo un gran impulso de la crisis de 2008 y quizás recién ahora están llegando a su maduración y a la posibilidad de su uso para pensar estratégicamente.

Sin embargo, la controversia continúa, y no puede todavía decirse que exista un consenso sobre exactamente qué es el neoliberalismo. La idea noventosa de que se trataba de diez puntos prolijamente resumidos en el Consenso de Washington, que era impuesto a los países por los organismos internacionales aprovechando sus problemas de endeudamiento crónico fue muy discutida, corregida, profundizada y expandida. Hoy existe una comprensión del fenómeno neoliberal que supera la idea de que el neoliberalismo implica, sin más, una expansión del mercado a expensas del estado.

Para plantearlo esquemáticamente, podemos, a partir de la literatura contemporánea sobre el neoliberalismo, entenderlo de básicamente tres maneras: como (1) un proyecto intelectual, (2) como una formación político/económica o (3) como una forma de vida.

1. Uno de los autores que más profundamente ha estudiado al neoliberalismo como proyecto intelectual es el historiador de las ideas Phillip Mirowsky, que lo define como un colectivo de pensamiento centrado en la Sociedad de Mont Pelerin, organización fundada en los años cuarenta por Friedrich Hayek y otros intelectuales liberales y conservadores. Esta organización se propuso una recreación del liberalismo, pero fundando algo nuevo, que no debe ser confundido con el liberalismo clásico ni se reduce a la economía neoclásica. Este nuevo liberalismo implicaba una radicalización, al proponer la expansión de los mercados a todos los ámbitos de la sociedad y la vida, al cuestionar la idea misma de trabajo al hablar de “capital humano” y al entender los mercados como imbatibles transmisores de información. Todo esto con un fuerte escepticismo sobre la democracia entendida como soberanía popular, y la convicción de que esta agenda puede y debe, llegado el caso, ser impuesta a través de medios tecnocráticos y directamente autoritarios. A estos efectos, la SMP creó una vasta red de organizaciones interrelacionadas, algunas nuevas, otras fagocitadas, algunas de perfil más intelectual, otras más técnicas o políticas, que actúan de manera relativamente autónoma, haciendo al neoliberalismo algo opaco y difícil de asir. Para lograr verla con claridad, Mirowsky caracteriza a esta red como una “muñeca rusa”, cuyo centro es la SMP. Usándola como “piedra roseta”, no es difícil identificar sus operaciones. Si quisiéramos observar al neoliberalismo en Uruguay, por ejemplo, podríamos seguir la carrera y los vínculos de Ramón Díaz (que llegó a ser presidente de la SMP) en Búsqueda o la Academia Nacional de Economía, o rastreando a las instituciones afiliadas a la Red Atlas (de la que forma parte la SMP) en Uruguay, como el CERES (que fue dirigida por Ernesto Talvi y en cuyo consejo directivo está Ricardo Peirano), el CED o CADAL.

2. Existen muchas maneras de entender al neoliberalismo como formación político/económica dominante, es decir como sistema o como régimen (noten como uso deliberadamente unificados a lo político y lo económico, justamente porque el neoliberalismo las colapsa al romper la barrera del liberalismo clásico entre la política y la economía: ahora la política es economía -y no la economía, política). David Harvey, por ejemplo, lo identifica como una contrarevolución protagonizada por los intereses de las clases capitalistas del mundo contra el comunismo, la socialdemocracia europea y el movimiento de los no alineados, que a finales de los 60 ponían en cuestión el régimen capitalista comandado por Estados Unidos. Leo Panitch y Sam Gindin profundizan en esta dirección, estudiando la centralidad del estado estadounidense en la conformación y la gestión del capitalismo global, con el sistema financiero como gran articulador y la deuda como arma central. Wendy Brown va por otro camino, y se centra en el problema de la democracia, señalando la forma como el neoliberalismo ha transformado las instituciones del estado (y especialmente de la educación), imponiéndole criterios de competencia y de transformación de su funcionamiento hacia formas empresariales, haciendo cada vez menos verosímil pensar a nuestros países como “democracias”. La historia uruguaya, desde la dictadura y su programa de apertura económica, las crisis de deuda que redujeron al país a ajustes y reformas mandatadas por los organismos internacionales, los intentos de privatización, la crisis de 2002 (durante la que se aprobaron paquetes de reformas como “leyes de urgencia”) y la carrera frenética actual para crear nuevos derechos y garantías a “los inversores” serían mojones en una historia del neoliberalismo así entendido en Uruguay.

3. La idea de que el neoliberalismo es una forma de vida es quizás la menos intuitiva de las tres, pero se aclara cuando la pensamos en términos prácticos. No es difícil ver como ideas y prácticas vinculadas a la competencia, la deuda, la cuantificación, los rankeos, la productividad o la flexibilidad han transformado la vida cotidiana de todes nosotres en las últimas décadas. Así, existe una disputa en el nivel de la organización de la vida entre el neoliberalismo y las lógicas de lo público, lo colectivo o lo común. Intelectuales como Maurizio Lazzarato o Verónica Gago, o antes Michael Hardt y Antonio Negri han teorizado estas disputas, mapeando las diferentes formas como lógicas neoliberales reducen a las personas a capital, les reorganizan sus vidas para extraerles rentas e imponerles mecanismos de control, desde los microcréditos hasta las redes sociales. En Uruguay, la politóloga Amparo Menéndez Carrión ha reflexionado de manera brillante sobre este punto, estudiando como la polis uruguaya, que había logrado un importante desarrollo de prácticas igualitarias y colectivas de producción de bienes públicos fue atacada por una lógica neoliberal que transformó profundamente la textura de la vida en este país.

Mención aparte, luego de repasar estas tres formas de entender al neoliberalismo, merecen los aportes de Michel Foucault, anteriores a los de todes les autores citades hasta ahora, aportes que se encuentran fundamentalmente en el curso titulado “El nacimiento de la biopolítica”. Allí, Foucault se dedica a estudiar al pensamiento de intelectuales del neoliberalismo alemán y del norteamericano, planteando al neoliberalismo como forma de gobierno (o de gubernamentalidad) que alejándose de la idea liberal de gobernar lo menos posible, propone la necesidad de intervenciones sobre la sociedad que la adapten a los principios de la economía de mercado, proponiendo al “empresario de sí” como forma de subjetividad del individuo en una sociedad así organizada, o mejor dicho, así gobernada.

Como se puede ver, el neoliberalismo es un asunto complejo, sobre el que se ha dicho mucho. Entre les estudioses del neoliberalismo, existen importantes debates y diferencias sobre que es el neoliberalismo, y a pesar de que este campo de estudios está produciendo muchas importantes investigaciones, aún quedan agujeros por explicar. No es evidente cómo se pasa de ser un movimiento intelectual a ser un régimen que organiza al capitalismo global. Tampoco es evidente como articular las formas “macro” o globales de funcionamiento del neoliberalismo con las más “micro” y cotidianas. Incluso existen debates sobre si sirve para algo usar la palabra neoliberalismo.

Es que un positivista bien podría decir que estamos ante un caso de estiramiento conceptual, que se trata de una palabra que significa demasiadas cosas, y por lo tanto no significa ninguna. Otra solución positivista, quizás más moderada, sería seleccionar alguna definición más restrictiva, que limite la proliferación de significados para que los análisis puedan ser más ordenados. También existen argumentos marxistas en favor del abandono de la palabra “neoliberalismo”: básicamente que la crítica al neoliberalismo quita el foco de la crítica al capital y al capitalismo, permitiendo soluciones “posneoliberales” o “variedades de capitalismo” que estabilicen al capital moderando sus versiones más extremas, llamadas “neoliberales”. Esta última es la crítica con la que Beatriz Stolowicz termina su excelente libro sobre "El misterio del post-neoliberalismo". A estos problemas se agrega que (como señala Mirowsky) los neoliberales dejaron de usar la palabra para referirse a ellos mismos en algún momento entre los años 50 y los 60.

¿Como ubicamos, entonces, a “La pesadilla que no acaba nunca” en este mundo de discusiones? Dardot y Laval reivindican el uso del concepto de neoliberalismo, y lejos de reducirlo, hacen un esfuerzo por articular sus diferentes escalas y sus dimensiones, con especial atención a la historia y a las formas como el neoliberalismo fue implantado y se instaló hasta el punto de que se transformó en un sistema que se retroalimenta a través de la propia lógica disciplinante de la deuda y la competencia. Esta apuesta permite describir su dimensión sistémica sin ocultar como su implantación es contestable y tiene amplios márgenes de contingencia, por lo tanto no negando la posibilidad de la acción política, que a veces se nos obtura ante la escala del problema.

Si Wendy Brown señala que a los análisis de Foucault sobre el neoliberalismo les falta atención a las cuestiones del capital y de la democracia, Dardot y Laval recogen este planteo y buscan teorizar tomándose estas cuestiones muy en serio. Se destaca especialmente el análisis político de la cuestión de la deuda, en particular a partir de lo ocurrido con Grecia luego de la crisis de 2008. Allí, se pudo ver en toda su dimensión el uso de la deuda como mecanismo de guerra política para imponer políticas favorables a los intereses de las oligarquías y del capital trasnacional, gracias a la capacidad destructiva de los acreedores. Pero si bien “La pesadilla que nunca termina” habla abundantemente del capital y de la clase capitalista, se cuida de no reducir al neoliberalismo a la lógica del capital, señalando siempre su naturaleza política y su especificidad, basada en la construcción de un marco institucional de libre movimiento de los capitales y de la competencia entre países por captar a estos capitales, competencia mandatada por la ilimitación del movimiento del capital, pero habilitada por los propios estados y por sectores que presionan para la instauración y radicalización de este régimen.

En cuanto a la democracia, Dardot y Laval la ponen en el centro a través de una serie de importantes reflexiones sobre la soberanía. Proponen que en el régimen neoliberal, la soberanía yace en los mercados, es decir en un complejo sistema institucional comandado por “los inversores” (es decir, los ricos), del que participan las calificadores de riesgo, los organismos internacionales y un sistema de derecho privado llevado al nivel constitucional a través de tratados de libre comercio y de inversiones que solidifican reglas favorables a los intereses capitalistas y los ubican más allá del alcance de la disputa democrática. Así es como se dificulta efectivamente (y no solo en la teoría) la posibilidad de una soberanía popular. La lectura del pensamiento de Hayek y de las consecuencias de su aplicación es uno de los puntos altos de “La pesadilla que no acaba nunca”.

Pero esta centralidad de la democracia no significa de modo alguno una subordinación a la ideología democrático-procedimentalista impuesta por el propio neoliberalismo y elaborada por la ciencia política liberal. Al contrario, se reivindica a la democracia, volviendo a Aristóteles, como un gobierno conquistado por el pueblo en lucha contra el poder oligárquico. Esto es importante ante tantos discursos que equiparan a la democracia con la “economía de mercado”, discursos que han embarrado una y otra vez a la política uruguaya de la postdictadura.

Pero no es necesario sumergirse en esta densa maraña intertextual para leer, entender y usar este libro. Se trata de un libro corto y sencillo de leer, que explica su argumento con claridad y sirve como herramienta para entender el presente político a escala global. Aunque esté escrito desde Europa y centrado allí (especialmente en Grecia y Francia), y algunas de sus conclusiones no puedan ser trasladadas mecánicamente al contexto latinoamericano y uruguayo, eso no impide que diga muchas cosas importantes sobre nuestra realidad (la izquierda de derecha, el poder de los expertos, la competitividad como imperativo), justamente porque el neoliberalismo opera simultáneamente en el nivel nacional y en el global, y en eso está su fortaleza.

Así, se trata de un libro que describe con un lenguaje muy agudo y muy político la forma como funcionan las cosas, dando importancia a lo micro, pero centrado en los grandes trazos de la política global. Desfetichiza al neoliberalismo, y lo pone en el nivel de un fenómeno político, histórico, basado en ciertos sectores sociales y ciertas instituciones, y por lo tanto derrotable. Propone la existencia de un bloque oligárquico neoliberal, explica como está compuesto, y como se lo puede atacar.

Se trata de un libro que pasa de la crítica a la acción, especulando sobre posibles estrategias políticas para derrotar al neoliberalismo. Sin dar una receta (lo que, como dicen los propios autores, sería ir contra el espíritu democrático que están defenediendo), proponen que no se debe renunciar a ningún nivel de disputa, entendiendo los límites de cada uno.

Por un lado, se centran en la experimentación democrática y en la creación (y protección) de formas de vida que resistan y que desplacen a las neoliberales y capitalistas, que sean democráticas, igualitarias, no competitivas, en todos los ámbitos de las relaciones sociales y la producción en los que sea posible. La palabra “común” designa una de las lógicas posibles de estas formas de vida emergentes, capaces de disputarle la vida cotidiana y la organización de la vida al neoliberalismo. En Uruguay, podríamos pensar en las formas como el feminismo ha logrado disputar de manera creativa las formas de vida y de hacer política en numerosos espacios, o en como el Mercado Popular de Subsistencias se propone politizar y organizar de manera alternativa la distribución de productos y su consumo, o como colectivos culturales jóvenes organizand de manera horizontal su creatividad.

Por otro lado, si bien señalan las importantes limitaciones de los estados individuales para resisitir al neoliberalismo, reivindican la necesidad de disputar al gobierno de los estados para “gobernar contra la oligarquía”, y para proteger a las iniciativas de lo común, para a su vez poder apoyarse en ellas. En Uruguay, esto implicaría una crítica a la experiencia del gobierno del Frente Amplio, y también una recreación del pensamiento estratégico sobre cual debería ser el rol de los partidos y del estado en relación a la lucha antineoliberal, que necesesitaría de un debate frontal contra nacionalismos y desarrollismos que no pueden sino subordinarse a los mandatos de “los inversores”.

Por último, plantean la necesidad de fundar una internacional, que pueda coordinar los esfuerzos de lucha a nivel global, que esté conformada de manera plural por todas las organizaciones y movimientos que de diferentes maneras busquen disputar contra el neoliberalismo y desbaratar el sistema infernal de competencia, destrucción y subordinación al que nos somete. En este punto si que estamos lejos, aunque existen algunas redes intelectuales y espacios internacionales de intercambios militantes, es urgente pensar formas de articulación y disputa que nos permitan disputar en escala trasnacional. Nuevamente en esto el feminismo es pionero, proponiendo una internacional feminista y un paro internacional de mujeres.

Dicho así, puede parecer una propuesta cándida o excesivamente ambiciosa. Pero pienso que es absolutamente necesario pensar ya no como mitigar o resistir al neoliberalismo y al capitalismo global, para pasar a pensar en que tipo de cosas tendríamos que hacer para efectivamente derrotarlo y crear algo mejor.

El neoliberalismo no es, a esta altura, un fenómeno tan nuevo. Hace unas siete décadas que es la vanguardia de las clases dominantes en el mundo, pero da la sensación de siempre las izquierdas corrieron de atrás en su comprensión. Cada generación lo combatió y lo entendió como pudo, en el mundo y en particular en Uruguay.

En 1948, una nota de tapa de Marcha (no firmada, pero quizás escrita por Carlos Quijano), reseña “el camino a la servidumbre” de Hayek, y señala que este supuesto liberalismo no es contrario a la planificación, sino que busca en realidad “planificar para la competencia”, contradiciendo su propia propuesta política, su supuesto libertarismo. El problema, entonces, no es libertad o planificación, sino planificación para qué, siendo necesario evitar recetas abstractas venidas de otros lugares.

A finales de los años 70, comenzaba a usarse en la izquierda la palabra “neoliberalismo” en su sentido actual. Vivián Trías, desde el exilio, escribiría varios artículos críticos sobre el neoliberalismo, en particular atacando a Milton Friedman, la escuela de Chicago y las multinacionales, denunciando como las ideas liberales habían sido impuestas por el FMI, señalando los peligros de la desnacionalización de las economías y de la dependencia del crédito internacional.

En los 80 y 90, “neoliberalismo” sería la palabra central para nombrar al enemigo de la izquierda (e incluso del centro) y el movimiento de trabajadores, usada especialmente para referirse a los ajustes y las privatizaciones. La organización de plebiscitos para frenar a estas últimas fue una gran demostración de como la democracia puede servir de contralógica a la expansión del mercado. El proceso de la apertura neoliberal y la resistencia contra ésta terminó con la crisis de 2002, y luego con el ascenso del Frente Amplio al poder.

Allí la discusión se hizo más compleja, justamente porque a pesar de lo que podían creer los más optimistas, no habíamos terminado con el neoliberalismo. Está aquí, en nuevos tratados de inversiones, nuevas excensiones impositivas, nuevas tercerizaciones. Y aquí estamos discutiéndolo.

Quizás recién ahora, con libros como este y otros, como les de los autores que mencioné, y con la experiencia histórica y crítica acumulada, estemos terminando de entender de que se trata este fenómeno, y cuales son las claves estratégicas para su combate. Llevó mucho tiempo a la izquierda desenmarañar los problemas de la democracia y la globalización, entrar en el mundo de la posguerra fría, entender los límites del gobierno del estado nacional, procesar innovaciones teóricas como la de Foucault, y sus críticos. Al mismo tiempo, el propio neoliberalismo ha mutado, ha crecido en su influencia y se ha radicalizado, creando desafíos y problemas nuevos.

Pero las cosas parecen ir quedando más claras. El libro se llama “La pesadilla que no acaba nunca”, pero da no exlcuye la idea de que podamos despertar.


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*Texto leído en la presentación del libro realizado en el auditorio del IPA el 28/9/2018

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