éramos esperados sobre la tierra
Este texto es una
selección desordenada de las Tesis de la historia de Benjamin. Acá pueden leer la versión verdadera. Armé esta para leerla en este
momento de triunfo del fascismo. Para recordar que no es la primera vez que pasa algo
así, y que la vida y la pelea siguen. Benjamin no sobrevivió al fascismo, pero
nosotros estamos acá. Mi familia, por ejemplo, ya sobrevivió dos
fascismos, y por eso puedo escribir esto. Le cambié algunas
cositas de redacción al texto para que sirviera en este formato.
Otras no. Donde dice siglo XX, pueden leer siglo XXI. Donde dice adivinos, pueden leer publicistas y analistas. Donde dice
clase obrera alemana, pueden leer sudamericana. Donde dice socialdemocracia, pueden leer progresismo. Donde dice Anticristo, bueno, no es necesario explicarlo.
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Se sabe que a los
judíos les estaba prohibido investigar el futuro. La Thorá y la
plegaria los instruyen, en cambio, en la rememoración. Esto los
liberaba del encantamiento del futuro, al que sucumben aquellos que
buscan información en los adivinos. A pesar de esto, el futuro no se
convirtió para los judíos en un tiempo homogéneo y vacío. Porque
en él cada segundo era la pequeña puerta por la que podía pasar el
Mesías.
Un secreto acuerdo
está vigente entre las generaciones del pasado y la nuestra. Es
decir: éramos esperados sobre la tierra. También a nosotros,
entonces, como a toda otra generación, nos ha sido conferida una
débil fuerza mesiánica, a la cual el pasado tiene derecho de
dirigir sus reclamos.
La imagen verdadera del pasado es una imagen
que amenaza con desaparecer con todo presente que no se reconozca
aludido en ella. El cronista que narra los
acontecimientos sin distinguir entre los grandes y los pequeños
responde con ello a la verdad de que nada de lo que tuvo lugar alguna
vez debe darse por perdido para la historia. La lucha de clases que
tiene siempre ante los ojos el materialista histórico educado en
Marx es la lucha por las cosas toscas y materiales, sin las cuales no
hay cosas finas y espirituales.
Estas últimas, sin
embargo, están presentes en la lucha de clases de una manera
diferente de la que tienen en la representación que hay de ellas
como un botín que cae en manos del vencedor. Están vivas en esta
lucha en forma de confianza en sí mismo, de valentía, de humor, de
astucia, de incondicionalidad, y su eficacia se remonta en la lejanía
del tiempo. Van a poner en cuestión, siempre de nuevo, todos los
triunfos que alguna vez favorecieron a los dominadores.
Quienes dominan en
cada caso son los herederos de todos aquellos que vencieron alguna
vez. Todos aquellos que se hicieron
de la victoria hasta nuestros días marchan en el cortejo triunfal de
los dominadores de hoy, que avanza por encima de aquellos que hoy
yacen en el suelo. Y como ha sido siempre la costumbre, el botín de
guerra es conducido también en el cortejo triunfal. A este botín se
lo llama “bienes culturales”, los mismos que van a encontrar en
el materialista histórico un observador que toma distancia. Porque
todos los bienes culturales que abarca su mirada, sin excepción,
tienen para él una procedencia en la cual no puede pensar sin
horror. Todos deben su existencia no sólo a la fatiga de los grandes
genios que los crearon, sino también a la servidumbre anónima de
sus contemporáneos. No hay documento de cultura que no sea a la vez
un documento de barbarie. Y así como éste no está libre de
barbarie, tampoco lo está el proceso de la transmisión a través
del cual los unos lo heredan de los otros. Por eso el materialista
histórico se aparta de ella en la medida de lo posible. Mira como
tarea suya la de cepillar la historia a contrapelo.
La tradición de los
oprimidos nos enseña que el “estado de excepción” en que ahora
vivimos es en verdad la regla. El concepto de historia al que
lleguemos debe resultar coherente con ello. Promover el verdadero
estado de excepción se nos presentará entonces como tarea nuestra,
lo que mejorará nuestra posición en la lucha contra el fascismo. La
oportunidad que éste tiene está, en parte no insignificante, en que
sus adversarios lo enfrentan en nombre del progreso como norma
histórica. El asombro ante el hecho de que las cosas que vivimos
sean “aún” posibles en el siglo veinte no tiene nada de
filosófico. No está al comienzo de ningún conocimiento, a no ser
el de que la idea de la historia de la
cual proviene ya no puede sostenerse.
En un momento en que
los políticos, en quienes los adversarios del fascismo habían
puesto su esperanza, yacen por
tierra y refuerzan su derrota con la traición a su propia causa,
esta reflexión se propone desatar al
que vive en las redes en las que esta política lo han envuelto. Ella
parte de la consideración de que la fe ciega de esos políticos en
el progreso, la confianza en su “base de masas” y, por último,
su servil inserción en un aparato incontrolable no han sido más que
tres aspectos de la misma cosa.
El conformismo, que
desde el principio se encontró a gusto en la socialdemocracia, no
afecta sólo a sus tácticas políticas, sino también a sus ideas
económicas. Esta es una de las razones de su colapso ulterior. No hay
otra cosa que haya corrompido más a la clase trabajadora alemana que
la idea de que ella nada con la corriente. El desarrollo técnico era
para ella el declive de la corriente con la que creía estar nadando.
De allí no había más que un paso a la ilusión de que el trabajo
en las fábricas, que sería propio de la marcha del progreso
técnico, constituye de por sí una acción política. Bajo una
figura secularizada, la antigua moral protestante del trabajo
celebraba su resurrección entre los obreros alemanes.
La teoría
socialdemócrata, y aún más su práctica, estuvo determinada por un
concepto de progreso que no se atenía a la realidad, sino que poseía
una pretensión dogmática. Sólo está dispuesta a percibir los
progresos del dominio sobre la naturaleza, no los retrocesos de la
sociedad. Muestra ya los rasgos tecnocráticos con los que nos
toparemos más tarde en el fascismo. Tal como se pintaba en las
cabezas de los socialdemócratas, el progreso era, primero, un
progreso de la humanidad misma (y no sólo de sus destrezas y
conocimientos). Segundo, era un progreso sin término (en
correspondencia con una perfectibilidad infinita de la humanidad).
Tercero, pasaba por esencialmente indetenible (recorriendo
automáticamente un curso sea recto o en espiral). Cada uno de estos
predicados es controvertible y en cada uno ellos la crítica podría
iniciar su trabajo. Pero la crítica —si ha de ser inclemente—
debe ir más allá de estos predicados y dirigirse a algo que les sea
común a todos ellos. La crítica de esta representación del
movimiento histórico debe constituir el fundamento de la crítica de
la idea de progreso en general.
En la idea de la
sociedad sin clases, Marx secularizó la idea del tiempo mesiánico.
Y es bueno que haya sido así. La desgracia empieza cuando la
socialdemocracia eleva esta idea a "ideal". El ideal fue
definido en la doctrina neokantiana como una "tarea infinita".
La socialdemocracia se ha contentado con asignar a la clase
trabajadora el papel de redentora de las generaciones futuras,
cortando así el nervio de su mejor fuerza. En esta escuela, la clase
desaprendió lo mismo el odio que la voluntad de sacrificio. Pues
ambos se nutren de la imagen de los antepasados esclavizados y no del
ideal de los descendientes liberados.
El sujeto del conocimiento histórico es la clase oprimida misma, cuando combate. Articular históricamente el pasado no significa conocerlo “tal como verdaderamente fue”. Significa apoderarse de un recuerdo tal como éste relumbra en un instante de peligro. De lo que se trata para el materialismo histórico es de atrapar una imagen del pasado tal como ésta se le enfoca de repente al sujeto histórico en el instante del peligro. El peligro amenaza tanto a la permanencia de la tradición como a los receptores de la misma. Para ambos es uno y el mismo: el peligro de entregarse como instrumentos de la clase dominante.
El sujeto del conocimiento histórico es la clase oprimida misma, cuando combate. Articular históricamente el pasado no significa conocerlo “tal como verdaderamente fue”. Significa apoderarse de un recuerdo tal como éste relumbra en un instante de peligro. De lo que se trata para el materialismo histórico es de atrapar una imagen del pasado tal como ésta se le enfoca de repente al sujeto histórico en el instante del peligro. El peligro amenaza tanto a la permanencia de la tradición como a los receptores de la misma. Para ambos es uno y el mismo: el peligro de entregarse como instrumentos de la clase dominante.
En cada época es preciso hacer nuevamente el intento de
arrancar la tradición de manos del conformismo, que está siempre a
punto de someterla. Pues el Mesías no sólo viene como Redentor,
sino también como vencedor del Anticristo. Encender en el pasado la chispa de
la esperanza es un don que sólo se encuentra en aquel historiador
que está compenetrado con esta idea: tampoco los muertos estarán a salvo
del enemigo, si éste vence. Y este enemigo no ha cesado de vencer.
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