¿para dónde se mueve?

Quizás una de las preguntas más incómodas que la izquierda tiene que hacerse en este momento político es por que, ante el colapso de la centro izquierda, tantos decepcionados se van con el extremo centro, la ultraderecha o el nihilismo despolitizado, y tan pocos hacia posiciones radicales de izquierda.

La pregunta ahí es que han estado haciendo las izquierdas radicales, tanto en la cultura como en la militancia social y partidaria, como para no poder capitalizar una situación que a priori podría hasta serles favorable. ¿Qué es lo que hace que alguien enojado con el contrato con UPM siga a Hoenir Sarthou? ¿Qué es lo que hace que alguien frustrado con tantas traiciones haga su catarsis con Federico Leitch? ¿Qué hace que Valenti sea creible para hablar de corrupción? ¿Qué otros espacios se están ofreciendo para esto? Pareciera que hay un flujo automático en el que el descontento termina cayendo en la fuerza gravitatoria de Sendic, los impuestos, la mano dura y el odio al feminismo y la militancia de izquierda.

¿Cómo lo logran? Hay algunos puntos táctico-discursivos que les funcionan de los que seguramente podemos aprender:

1. Ellos se muestran con convicción, con ganas de pelear, alegres. Se burlan, se ríen, se presentan como auténticos y dejan correr su odio de manera quizás irresponsable, pero efectiva. Por más que supuren odio y violencia, al presentarlo como autenticidad, logran que parezca hasta simpático.

2. Despliegan un discurso anti elitista, y se dedican a describir esa élite de tal manera que la izquierda queda dentro, como una élite degenerada, cosmopolita, autocentrada, que habla difícil y merece un buen revolcón. Así, ellos protestan "desde abajo", por más que vivan hace décadas en las entrañas del establishment.

3. Tienen una enorme flexibilidad táctica y no se andan preocupando demasiado por usar las palabras correctas o por rendir homenaje a símbolos. Profanan lo que tengan que profanar y se apropian de lo que sea que funcione. Si un día es Seregni, Felipe González, el Unabomber o Mises, no hay problema. Saben que el fetichismo de los símbolos es una autolimitación política y confían en que los suyos los van a reconocer más allá del disfraz. Saben ocultarse y confundir, y cuando tratamos de discutir con el disfraz, nos perdemos en su maraña.

4. Dicen que odian la victimización y la corrección política, pero son los que mejor juegan el juego de la víctima. Ante cualquier respuesta o crítica ponen el grito en el cielo como si los hubieran metido en un calabozo, citan a Voltaire y se presentan como los herederos de todos los librepensadores y las contraculturas de la historia. Eso los hace ver peligrosos y eróticos, por más que sean cuarentones de facebook.

5. Reciben a los conversos con los brazos abiertos. Los muestran, los elogian, los ponen como ejemplo, los invitan a contar sus historias de conversión. Que no quede nadie sin enterarse que hay un nuevo facho en el club.

No estoy diciendo que habría que hacer estas mismas cosas. Habría que discutirlo política y éticamente. Seguramente parte de su éxito no se deba a su capacidad táctica, sino a la forma como los aparatos mediáticos canalizan al descontento. Pero algo tenemos que estar haciendo mal, y algo están haciendo ellos bien. Esta lista es apenas lo que se me ocurrió con un poco de observación, hay que profundizarla, discutirla y entender como operan y como se agrupan mucho mejor. Hasta que no entendamos esto vamos a seguir en problemas.

Y por las dudas, el problema no es que este fenómeno vaya a llevar a una victoria de derecha en las elecciones. Eso es apenas una parte. El daño, en realidad, ya está hecho. El cambio de sensibilidades ya es palpable y el contragolpe no aparece. Peor, si la respuesta viene desde la centroizquierda tecnocrática o desde un gobierno con sed de inversiones e ideología de policía, ellos van a tener exactamente lo que necesitan para seguir haciendo lo suyo.

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