tenemos que hablar de nietzsche

Hace unos años, estaba tomando un curso de teoría crítica. Leíamos autores que no entendíamos, entonces estabamos un poco dudosos y pomposos. Llegó el turno de Nietszche, y como cada clase, una compañera tenía que hacer su presentación. Empezó tirando, luego de dudar, una frase lapidaria: "era medio facho Nietzsche, ¿no?".

Recién ahora veo con claridad lo que en aquel momento me había parecido algo verdadero pero superficial. Me leí el Anticristo como para empezar las vacaciones. Leyendo sus otros textos (siempre fascinantes, inteligentes y bien escritos) era difícil no ver chispazos medio fachos, pero intentar no hacer una lectura lineal o anacrónica siempre me hacía buscar lo importante en otro lado. Además, Nietzsche es amigo de amigos, y ahí están Bataille, Foucault y Deleuze para armar al Nietzsche subersivo que no dudaríamos en poner junto a Marx y otros de su tipo.

Pero el Anticristo no se puede barrer abajo de la alfombra. A primera vista, es un libro sobre el cristianismo, pero lo que hay detrás (tampoco muy disimulado) es una defensa extrema de las jerarquías sociales y una denuncia de la compasión.

Tiene todo: llamados a la destrucción de los débiles, odio al socialismo, el anarquismo y la democracia, reivindicación de una sociedad de castas (pone a la ley de manu como ejemplo -texto ario, guiño, guiño-), justificaciones biológicas de las jerarquías, exaltaciones de la riqueza (celebra al papa Borgia como único momento posible de recuperación del cristianismo), rumiaciones sobre la suerte de los alemanes, pobrecitos, nobles en su origen pero, por supuesto, corrompidos por los judíos y sus malolientes creaciones.

Nietzsche no es apenas un antisemita, en realidad es peor que eso. No odia a los judíos por judíos sino por justicieros, por crear ideas que podían servir para que los débiles cuestionaran el orden. Y si admira a los arios no es por arios, sino por codificar lo que la naturaleza manda: las castas, la jerarquía y la idea de que las cosas buenas de la vida son para "los poquísimos".

Puede decirse que esta es una obra tardía de Nietszche. Quizás sería achacable a su locura o a las alteraciones de su hermana y editores. Las alteraciones existieron, pero no hacen a lo central. Además, el propio libro se ocupa de mostrar el vínculo entre lo escrito allí y el resto de su obra.

¿Será que lo importante es la metodología o la teoría del conocimiento, y podemos pasar por alto lo demás? ¿Será que no podemos, a pesar de las permanentes citas a sus otros textos, plantear su continuidad como autor? ¿Alcanza con decir que era múltiple y ambiguo? ¿Qué semillas reaccionarias deja sembradas en lo que tomamos de su pensamiento para hacer otras cosas? ¿Se podrá separar su celebración de la alegría, la fuerza y la inteligencia de su adevertencia de que tienen que ser para poquísimos? ¿No estará usando a la alegría, la fuerza y la inteligencia como carnada para llevarnos hacia otros lugares? ¿No habrá, en esa búsqueda de superación y en ese odio a las masas, algo inherentemente reaccionario?

Quizás su revindicación de los valores aristocráticos no era una metáfora y no se refería apenas a una aristocracia espiritual (que poco nietzscheano sería eso). Si queremos rescatar algo (o mucho), tenemos que trabajar estos problemas. Y también examinar a su vasta influencia intelectual. Para empezar por casa podríamos preguntarnos qué le hace al pensamiento uruguayo que su momento fundacional en el 900 estuviera tan marcado por las lecturas Nietzsche.

Se podrá decir, con razón, que no todo tiene que ser visto como izquierda y derecha. Pero estamos ante un caso extremo. Si alguien me decía, antes de leer el texto, que había sido escrito por Adolf Hitler, al terminar hubiera tenido que creerlo. Quizás, como buen precursor de los políticamente incorrectos, estaba provocando, y jugando con la idea del mal. Si era eso, como tantos incorrectos, terminó siendo a todos los efectos indistinguible de un auténtico fascista. 

Lo que no quiere decir que no haya que leerlo. Al contrario, hay que mirar al abismo. Y jugar el juego. Cada vez entiendo con más claridad que hay que leer a la derecha, y leerla con verdadera curiosidad. Considerar seriamente lo que dice, dejarse, por un rato, seducir. Verlos desde adentro, y acercarse suficiente como para robarles sus secretos, pero no tanto para que te convenzan. 

Ese es un juego que a Nietzsche siempre le gustó. A alguien tan orgulloso le hubiera frustrado que, de manera condescendiente, hagamos a un lado su programa político jerárquico y reaccionario. Que no lo reconociéramos como lo que es: la expresión más pura, inteligente y peligrosa de nuestros peores enemigos.

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