crisis de paradigma

0. Esta ponencia se enmarca en la mesa “¿Implosión de la democracia en América Latina?” del VI Congreso Uruguayo de Ciencia Política. Voy a hacer una entrada posible al tema de la mesa, no tanto hablando de una posible implosión de la democracia, sino de como estas transformaciones podrían forzar crisis en la ciencia política.

1. Estamos en un momento político extremo que debería forzar una crisis de paradigma en la ciencia política.

1.1. Venezuela está al borde de la guerra civil. Brasil está gobernado por un militar que ganó las elecciones con todo tipo de trucos sucios, mientras el líder de la oposición está preso. En Colombia gobierna la ultraderecha, vinculada a bandas paramilitares, mientras los militantes políticos son matados como moscas. Cricuitos de crimen organizado vinculados a altas esferas empresariales tienen incidencia en los gobiernos de todo el continente. Millonarios compran elecciones a piacere. Posturas abiertamente fascistas, racistas y autoritarias llegan al primer plano político en el primer mundo. Fanáticos religiosos y oscurantistas dominan el debate público en cada vez más países, desde la India hasta Estados Unidos. La “austeridad” es impuesta a lo largo y ancho del mundo por “los mercados” y los organismos internacionales, mientras una maraña de tratados de inversiones, tribunales internacionales y similares limita seriamente la capacidad de regular democráticamente al capital. El espionaje y la censura a personas comunes es un hecho cotidiano gracias a una alianza entre los grandes estados imperialistas y las grandes empresas de comunicaciones. Las esferas públicas están profundamente contaminadas por rumores, simulacros, teorías de conspiración y noticias falsas que distorsionan el sentido de la realidad mínimo sobre el que podríamos discutir políticas. Y el sistema económico, que parece políticamente inmodificable, está llevandonos a una crisis ambiental global que amenaza con dificultar seriamente la vida humana en la tierra dentro de pocas décadas.

1.2. Estas cosas ocurren muchas veces sin impedir el funcionamiento de las instituciones de la democracia. Es importante que esto nos fuerce a hacernos algunas preguntas profundas sobre como teorizamos e investigamos la política.

1.3. No es viable, si queremos pensar la política con aspiraciones científicas y no solo ideológicas, plantear que la política es lo que sucede en una democracia liberal que toma como presupuestos a un estado soberano capaz de hacer valer las decisiones colectivas, una arena pública donde pueden suceder debates racionales, una sociedad donde la violencia (y especialmente la violencia política) está relativamente ausente y un aparato de políticas públicas capaz de balancear los intereses de las clases y no simplemente implantar el programa ideológico de una de ellas. Una ciencia política que se relacione con una democracia fantaseada y que no pueda dar cuenta de los elementos mencionados en el primer punto va a tener graves problemas para entender la realidad.

2. La corriente principal de la ciencia política en Uruguay responde a un momento político específico: finales de los 80. Si la situación actual es sustancialmente diferente a la inaugurada en ese momento, es necesario reformular algunos de los supuestos con los que miramos el mundo.

2.1. Esta “corriente principal” nació fuertemente influenciada por la ideología liberal-democrática que manaba desde Estados Unidos a finales de la Guerra Fría. Es necesario profundizar en las implicancias de la influencia de autores como Samuel Huntington (intelectual orgánico del aparato de seguridad estadounidense y creador del concepto de “tercera ola de la democracia”, en la que se inscribiría nuestra democracia del 85), instituciones de soft power como el National Endowment for Democracy y el Woodrow Wilson International Center for Scholars y redes como el Diálogo Interamericano, y su importancia para el desembarco del tipo de liberalismo que marcó a la ciencia política uruguaya. Investigaciones como las de Cecilia Lesgart y Beatriz Stolowicz son fundamentales en este sentido, y dan los primeros pasos para entender la geopolítica de la ciencia política.

2.2. La segunda mitad de los 80, además, fue un momento de profunda derrota para las izquierdas en todo el mundo. Me refiero, por supuesto, al fracaso de la peristroka y la disolución de la Unión Soviética junto al bloque socialista. Pero también al abrazo del neoliberalismo por parte de la socialdemocracia europea, fruto de un largo proceso descrito por Stephanie Lee Mudge y agudizado en los 80 después de la llamada “vuelta en U” de Miterrand. Y a la derrota del Movimiento de los No Alineados a manos de la crisis de la deuda, que forzó el final del “proyecto del Tercer Mundo” descrito por Vijay Prashad, lo que en América Latina vino acompañado de un giro neoliberal de la CEPAL, que dio paso al neodesarrollismo, descrito por Fernando Ignacio Leiva. Las izquierdas comunistas, socialistas y nacional-populares eran derrotadas una a una, y los pensamientos que surgen de ese momento suelen compartir un sentido de inevitabilidad e incluso deseabilidad del triunfo capitalista.

2.3. En Uruguay, también fue un momento catastrófico para la izquierda. Fue el tiempo de la victoria del voto amarillo, la ruptura del Frente Amplio que llevó a la creación del Nuevo Espacio y de los primeros movimientos que llevaron al quiebre del Partido Comunista a principios de los 90. Además fue un momento de divorcio de la izquierda con dos de sus bases sociales más importantes: la juventud (a manos de una contracultura empeñada en destruir a los íconos de los 60) y los intelectuales (que huyeron del sesentismo hacia diferentes positivismos, liberalismos y posmodernismos). Este es un asunto que trabajé en un artículo titulado “El ochentismo”.

2.4. La ideología resultante de ese momento es un liberalismo optimista, confiado de la tecnología y la globalización, seguro de que los desafíos desde la izquierda y la ultraderecha son inviables. En Uruguay, esa ideología encarnó en el tridente formado por el neoliberalismo herrerista-jorgebatllista, el centrismo sanguinettista y el progresismo frenteamplista, que marcó los límites del discurso público en el Uruguay democrático hasta ahora.

2.5. Es un lugar común y motivo de orgullo de la ciencia política uruguaya decir que esta tiene una íntima relación con la democracia nacida en el 85. Pero estamos en un momento en el que hay importantes ruidos y desafíos a la narración ochentista en otras democracias de la “tercera ola”, de España a Brasil y de Chile a Grecia. El momento político global que se abrió a fines de la Guerra Fría en los segundos 80 parece estarse cerrando, y parece estar empezando otra cosa, cuya fecha de inicio podríamos quizás ubicar en la crisis de 2008 y sus coletazos. Es necesario hacerse la pregunta de que ciencia política necesita este momento.

3. Se está articulando una crítica de la ideología de la ciencia política uruguaya.

3.1. El trabajo de Paulo Ravecca demostró la profunda ideologización liberal de la ciencia política uruguaya y su relación, por un lado con los discursos dominantes en el sistema político, y por otro con los traumas de una izquierda brutalmente derrotada, sin la autoestima suficiente para disputarle al liberalismo. Muestra también como funcionaron las sutiles censuras y desplazamientos que, con la democracia como estandarte, borraron de la escena al marxismo y a otras posibles disidencias. La ciencia política uruguaya no surgió de un laboratorio, sino de una interrelación entre procesos políticos e intelectuales. La interrogación de estos procesos, si se toma en serio, tiene que tener consecuencias profundas sobre el futuro de la ciencia política.

3.2. Ravecca señala que la ciencia política se desarrolla en un primer momento en un marco insitucional neoliberal en centros privados en los 80, pero una vez desarrollada a partir de los 90, se observa un liberalismo político, pero no neoliberalismo. Este último punto es altamente discutible y requiere de más investigación, sobre todo si tenemos en cuenta que las investigaciones contemporáneas (y también las clásicas) sobre el neoliberalismo hablan de un fenómeno político-intelectual que excede al Consenso de Washington y su agenda de ajustes y privatizaciones. Si seguimos la línea de Philip Mirowsky y su investigación de la “muñeca rusa” neoliberal, tendríamos que prestar atención, por ejemplo, a la Red Atlas como nave nodriza de las organizaciones neoliberales, y su vínculo con intelectuales como Pablo Da Silveira e instituciones como el CED y el CADAL. Si seguimos a Mudge, deberíamos mirar a la socialdemocracia europea, y especialmente a la “tercera vía” de los 90, como vía de entrada del neoliberalismo. Y si nos remontamos a Foucault, tenemos que prestar atención al Ordoliberalismo alemán y a conceptos como “capital humano”. Las influencias de estos conceptos, corrientes, autores y organizaciones neoliberales son palpables en la ciencia política uruguaya.

3.3. A pesar de esto, uno de los principales vectores de politización de la crítica de la ciencia política viene por derecha, por ejemplo a través de la campaña del diario El País contra la disciplina y la Facultad de Ciencias Sociales. Para la derecha radical, las ciencias sociales, aún las liberales, son sospechosas de marxismo cultural.

3.4. Las versiones más radicales y conservadoras del liberalismo y el neoliberalismo siempre sospecharon de la parte del liberalismo democrático vinculada a la socialdemocracia. En la obra de Hayek (que siendo uno de los pensadores y actores políticos más importantes del siglo veinte es insólitamente ignorado por la ciencia política uruguaya) se puede ver con claridad el escepticismo y las reservas con la democracia, que, por cierto, vienen de la tradición liberal anterior. Locke, Mill y Tocqueville, por nombrar tres autores del canon de la teoría política, eran muy escépticos con la democracia, y buscaban regímenes que filtraran y limitaran la voluntad popular, y protegieran los privilegios de las minorías selectas de la “tiranía de las mayorías”. Los bancos centrales independientes y los tratados que protegen los derechos del capital fueron formas de limitar la democracia conquistadas por el neoliberalismo, siguiendo esta vieja tradición. La ciencia política trata al liberalismo y la democracia como tradiciones hermanas, cuando en realidad tienen una relación muy conflictiva.

3.5. El problema es que al homologar al liberalismo con la democracia, y reivindicar la democracia, se cuela en la ciencia política una ideología profundamente antidemocrática, presentada paradójicamente como única defensa posible de la democracia. Es necesario revisar la aproblematicidad con la que se asume el discurso elitista, abiertamente antidemocrático, que además fue articulado por autores que tuvieron simpatías con el fascismo, como Pareto y Michels. La investigación de Ishay Landa sobre los vínculos entre liberalismo y fascismo no debería pasar desapercibida, menos en este momento histórico de radicalización del neoliberalismo y ascenso de la ultraderecha.

3.6. La discusión de paradigma está asomando en la corriente principal de la ciencia política uruguaya. Así lo muestra la polémca entre Adolfo Garcé y Cecilia Rocha por un lado y Juan Andrés Moraes por otro, que sucedió en 2015 en la Revista de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Católica de Chile. En ese debate, Garcé y Rocha defienden el pluralismo, frente al positivismo cerrado de Moraes. Pareciera que el liberalismo (pluralista, tolerante) y el positivismo empezaran a mostrar problemas de convivencia no ya con otras corrientes, sino entre ellos. Pero el problema no es la convivencia, sino cuales son las visiones que efectivamente están en pugna o podrían estarlo.

3.7. Una vez que entendemos que el liberalismo es una ideología y no una serie de supuestos necesarios para la investigación científica, se abren nuevos caminos para el pensamiento. También si entendemos que los 80 terminaron. Y que si nos interesa la democracia lo que se necesita no es una defensa acrítica de la democracia liberal, sino una crítica de sus elementos antidemocráticos y de las razones por las que ahora se está tambaleando, está siendo capturada por la ultraderecha y está atada de manos por el neoliberalismo en tantos lugares del mundo. Los ochentistas se pasaron las últimas décadas diciendo que la izquierda es ideológica (y por lo tanto no científica) y anclada en el pasado (y por lo tanto no en el presente). Eso es precisamente lo que hoy le sucede a ellos.

4. Esta crítica tiene que dar paso a nuevos caminos que permitan que la ciencia política efectivamente enfrente los problemas políticos del presente.

4.1. Quizás la parte de la ciencia política uruguaya contemporánea que está mejor armada para superar esta situación son los “estudios del pasado reciente”. Autores como Magdalena Broquetas, Mauricio Bruno, Carlos Demasi, Ana Laura de Giorgi, Alvaro de Giorgi, Mariana Iglesias, Aldo Marchesi, Vania Markarián, Alvaro Rico, Diego Sempol y otros han investigado a los estados de excepción, el neoliberalismo, la ultraderecha, las secuelas y la vigencia del autoritarismo, las interpretaciones de la democracia, la historia intelectual y los movimientos sociales. Tan cerca de la historia como de la ciencia política, esta frontera entre las ciencias sociales y las humanidades cuenta con una acumulación profunda de pensamiento empírico sobre la política uruguaya, y es un gérmen de una posible ciencia política futura.

4.2. Para abrir la cancha más allá del liberalismo, la ciencia política necesita reabrir el diálogo con la izquierda, y su enorme riqueza intelectual, dentro y fuera de la academia, en los últimos años. Desde el feminismo al autonomismo, de las socialdemocracias radicalizadas que reaparecen en el hemisferio norte hasta la críticas post, anti y de-coloniales, desde los deleuzianos hasta los marxistas analíticos. No alcanza con que esto exista relegado a un nicho llamado “teoría”, sino que tiene que ser parte de un pensamiento politológico que pueda dar cuenta de las cosas que se le escapan a la ciencia política liberal.

4.3. Análogamente, es fundamental entender a la derecha y la extrema derecha. A las corrientes conservadoras, libertarians, tradicionalistas, post-fascistas y de derecha cristiana que tienen una importante presencia en Uruguay y dominan la escena política en cada vez más países. Es imposible pensar la política contemporánea sin tener en cuenta el gran dinamismo de la derecha radical.

4.4. La apertura a la interdisciplina puede ser muy útil para encontrar nuevos rumbos. El dogmatismo y la cerrazón intelectual que implica llamar despectivamente “literatura” o “activismo” a todo lo que no entre en una definición restrictiva del programa politológico tiene que ser desterrado de la disciplina. Que se entienda que no estoy diciendo que haya que vincularse solo con las humanidades, la militancia y las artes (aunque si digo que hay que hacerlo), sino también con las ciencias “duras”, pero entendiendo que la economía no es solo neoliberalismo, que la biología, la ecología y la teoría de sistemas tienen mucho para decir (que no se reduce a una traslación mecánica de la competencia darwinista a lo social) y que la tecnología necesita desesperadamente una mirada política que no se limite a glorificarla como una imparable fuerza del bien.

4.5. Quizás una herencia del liberalismo de la Guerra Fría es cierto “occidentalismo”, partidario del supuestamente democrático Mundo Libre del Occidente. La ciencia política tiene que entender que lo que pasa en un puñado de países ricos no es el estándar contra el que pensar a la enorme mayoría de la humanidad que no vive en ellos, y para eso necesita estudiar a la política y el pensamiento del resto del mundo, incluyendo a África, Medio Oriente, India, Rusia, China y, por supuesto, América Latina.

4.6. En Uruguay se pensó la política, de manera profunda, mucho antes y de muchas maneras diferentes que la ciencia política que nace en la segunda mitad de los 80. El estigma sobre el “ensayismo” tiene que ser levantado para que quienes quieran investigar la política en Uruguay puedan redescubrir a sus ancestros. Dámaso Antonio Larrañaga, José Pedro Varela, José Enrique Rodó, Carlos Vaz Ferreira, Paulinia Luisi, Emilio Frugoni, Carlos Quijano y tantos otros señalan caminos posibles y muchas veces abortados que podría haber seguido el pensamiento político uruguayo, y que podría retomar. Señalan también raíces profundas del pensamiento uruguayo actual que quedaron ocultas detrás de dudosas genealogías que se remontan a tradiciones primermundistas. El trabajo de Amparo Menéndez-Carrión es ineludible para pensar al Uruguay y la especificidad de su pensamiento y su práctica política, y sería un excelente lugar para proponer una ciencia política desde este país.

5. Afortunadamente, mucho de esto ya está pasando, dentro y fuera de la ciencia política, y dentro y fuera de la universidad. En investigadores jóvenes y estudiantes, y también viejos que mantuvieron viva la memoria a contracorriente. Pero con esto no alcanza. Es necesario que esto tome la forma de un proyecto o un movimiento consciente, que tenga la misma intensidad y capacidad de acción que tuvieron quienes hace unas décadas construyeron la ciencia política liberal que hoy se tambalea.

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