desaparecidos
Este es el texto que leí en el acto por el día internacional del detenido desaparecido, el viernes 30 de agosto.
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Obviamente
lo primero que quiero hacer es agradecer a Madres y Familiares de
Detenidos Desaparecidos por invitarme a hablar acá hoy. Para mi es
un honor y un desafío, y espero que lo que diga pueda ser útil para
pensar juntos en asuntos que nos son urgentes.
Quería
agradecer no solo por la invitación, sino también por el tremendo
trabajo militante que hacen los y las familiares, enfrentando con
coraje y dignidad a poderes tenebrosos y al paso del tiempo. Y por
levantar las pesadas banderas de la verdad y la justicia, en estos
tiempos en los que cunden la mentira y la injusticia. No es fácil
decir estas palabras, verdad y justicia, sin que aparezca
inmediatamente una objeción o una
sospecha relativista o liberal. Y sin embargo, gracias a esta lucha,
seguimos teniendo a la verdad y la justicia disponibles en
esta parte del mundo.
Como
ya dije, no es fácil hablar de esto. Por algo la marcha es en
silencio. Tenemos muchas cosas trancadas. Solo imaginar lo que pasó
hace un nudo en la garganta. Intentar pensar en lo que nos han
contado es doloroso. Y sabemos que puede volver a pasar. Sabemos que
pasa, hoy, en muchos lugares. El horror tiene efectos profundos en
todos los que formamos parte de la izquierda y el campo popular
uruguayos. Y la presencia de los desaparecidos es tan abrumadora, tan
sagrada, que cualquier
palabra puede quedar frívola o insolente.
Entonces,
estoy un poco nervioso (esto vale para ahora que leo y para ayer,
cuando escribía). Decidí leer para no equivocarme. Cuando pensaba
en qué decir, y le daba vueltas a la cuestión, me venía una y otra
vez a la cabeza Walter Benjamin. Me vinieron ganas de volver a leer
sus Tesis de la Historia, que últimamente muchos están leyendo en América Latina.
No
quiero que la de hoy sea una charla sobre Benjamin porque eso sería
una pedantería academicista, pero les pido paciencia, porque sí lo
quiero invocar para que nos ayude a pensar. Y si alguien puede
ayudarnos a pensar hoy, ahora, acá,
es él. Porque murió huyendo del fascismo.
Porque sospechaba que la incapacidad para combatir a ese enemigo
tenía algo que ver con la pereza política que inducía
la fe en el progreso. Porque pensó lúcidamente sobre la derrota.
Por la forma
particular como mezcló la lucha de clases y el materialismo
de Marx con la rememoración, la tradición y el misticismo mesiánico
del judaísmo. Entonces, si tenemos que hablar de temas cercanos a la
derrota, la historia, la rememoración, los límites del progresismo
y la lucha de clases, Benjamin exige intervenir.
El
momento en el que Benjamin escribió era de derrota total. Judío y
comunista, vio el avance arrollador de Hitler, el exterminio de su
pueblo y el pacto Ribbentrop-Mólotov. No había salida. ¿En quien
podría confiar, en ese momento acorralado, si no podía esperar nada
de la socialdemocracia ni de los bolcheviques? ¿Si en ese presente
no había una fuerza capaz de derrotar al enemigo? Decidió recurrir
al pasado y al futuro.
Por
eso sus tesis son sobre la historia. Benjamin rechaza de manera
virulenta la idea de progreso, y hay una razón obvia: es ridículo hablar de progreso en medio del holocausto y el fascismo. Pero hay
una razón más profunda: si la historia es progreso, entonces los
resultados de las luchas del pasado fueron para bien, formaron parte
del avance de la humanidad. Fue bueno que los perdedores perdieran
porque eso nos trajo hasta acá. Entonces la historia del progreso es
la historia de los ganadores. Y quienes son hoy los herederos de
aquellos derrotados, y por eso están subordinados, deberían
contentarse con que si no, hubiera sido peor.
Dice
más: la idea de progreso abrazada por la socialdemocracia (y hoy
tienta llamar a eso “progresismo”), privó a la
clase trabajadora del odio que produce sentirse parte de una
tradición de humillados, e hizo que en lugar de querer reivindicar a
los abuelos aplastados, tuvieran esperanzas de que el progreso diera
una vida mejor a sus nietos. Peor aún, convenció a los subordinados
que el progreso era tecnológico y estaba atado al trabajo, por lo
que el solo hecho de trabajar, de por sí, sería lo que emanciparía
a generaciones futuras. Esta ingenuidad fue la que, según Benjamin,
hizo imposible que la socialdemocracia pudiera combatir al fascismo,
y tuviera que limitarse a sorprenderse de que esas cosas siguieran
pasando en pleno siglo veinte.
Contra
el tiempo homogéneo y vacío del progreso, Benjamin se aferró a un
tiempo mesiánico. Hoy “mesianismo” es mala palabra. Se dice, a
menudo, que la izquierda tiene que abandonar el mesianismo. Por
supuesto, para adoptar una idea progresista del tiempo. ¿Pero quién
es el mesías para Benjamin? Nosotros, todos los que estamos vivos.
Cada generación tiene un débil poder mesiánico. ¿Y cuándo va a
llegar el mesías? No sabemos, en cualquier momento, no hay nada que
esperar. ¿Y qué va a pasar cuando llegue?
Acá
las cosas se ponen interesantes. Porque el tiempo mesiánico, al
contrario del progresista, no se mueve en un avance lineal, sino que
implica una interrupción del avance. Y esa interrupción produce una
apertura por la que algo puede pasar. Y este algo es nada menos que
la redención de los muertos, de los humillados, de los derrotados de
todas las épocas. En el lenguaje mesiánico cristiano, los
últimos serán los primeros.
Para
Benjamin hay una identidad entre los derrotados del pasado y los
subordinados de hoy. Si hoy hay lucha de clases, si seguimos en una
sociedad de clases, es porque los que hoy son subordinados fueron
derrotados en el pasado por quienes se erigieron en clase dominante.
Los subordinados de hoy son los herederos de la tradición de los
derrotados. Y una victoria hoy, que termine con la sociedad de
clases, redime a todos los que vinieron antes.
Y
eso es lo que los muertos exigen. Porque hay un pacto secreto entre
las generaciones. Éramos esperados sobre la tierra. En el momento más
oscuro de la derrota y de la muerte, quizás esperaron que alguien en
el futuro los recordara y siguiera la pelea. Es cierto que no
podemos levantar a los muertos, ni reparar lo destruido. Hay una
discontinuidad con el pasado, que es producto de la propia derrota.
Pero el pasado busca pasar a través de esa discontinuidad, y
nos pide cosas.
Para
empezar, que rememoremos. Y por eso se cruza el judaísmo con el
marxismo. Porque hay una mezcla entre el recuerdo de nuestros muertos
y caídos, y la tarea del historiador materialista. Los documentos,
las ruinas, los huesos, son fundamentales. Pero no para reconstruir el
pasado “tal cual fue”, sino para que brille como un rayo en un
instante de peligro. Porque el pasado no solo nos pide cosas, también
nos ofrece, nos da.
Los
muertos son hoy parte de la pelea. En un sentido muy material.
Roberto Gomensoro desencadenó una crisis en la relación
entre el gobierno y el ejército décadas después de que lo mataran.
Los juicios por los crímenes de la dictadura nos ayudan hoy a poner
a la defensiva a figuras clave de la ultraderecha uruguaya, y en
algún caso hasta nos permite meterlos presos, lo que es no solo una
cuestión de justicia, sino también con valor táctico. Estar
presos, esperamos, puede reducir su capacidad para conspirar. La
aparición de los cuerpos, un hecho tan material, es políticamente
definitorio: golpea a la historia que quisieron imponer los
ganadores.
Las
caras y los nombres de desaparecidos, muertos y mártires flamean en
banderas, marchan en carteles, dan nombre a agrupaciones, escuelas,
salones. Y la lucha por encontrarlos nos sirve de mínimo, de pacto
sagrado entre quienes la sentimos como nuestra. Nos mantiene juntos
saber que somos su continuación. Y esta continuidad es jutstamente
lo que todo el tiempo las narraciones dominantes intentan fracturar.
Que haya entre los 60 y nosotros una barrera infranqueable, que sus
errores, su derrota y el castigo que les impusieron nos de una
lección. Esto es lo que Rita Segato llama “pedagogía de la
crueldad”.
Los
muertos pelean, también, porque están en peligro. Esta es una de
las ideas más aterradoras de Benjamin: ni los muertos están a salvo
si el enemigo triunfa. Porque en cada generación la tradición de
los derrotados puede ser arrebatada y deformada por la historia de
los ganadores. Es difícil no pensar en la derrota de Artigas, de su
reparto de tierras, de su igualitarismo multiracial. Que los más
infelices sean los más privilegiados. Fue justamente su derrota
lo que permitió que fuera transformado en un milico patriarca,
ancestro del fascismo nacional. Quien sabe qué le puede pasar a los
muertos si el enemigo vence, y no ha parado de vencer.
¿Qué
nos piden, hoy, los desaparecidos y los muertos y mártires de las
derrotas del pasado? ¿Cómo cumplir con el pacto que nos une?
¿Qué de lo que hicieron relampaguea en este instante de
peligro? Responder es una pregunta para la memoria colectiva, para la
investigación materialista (podemos leer a Julio Castro, Zelmar
Michelini, Ibero Gutiérrez, preguntándoles esto), pero sobre todo
es una pregunta para la acción política.
Hay
una tremenda potencia en los desaparecidos. Por no ser ni muertos ni
vivos, quedaron suspendidos, eternamente jóvenes y revolucionarios.
Son la posibilidad de poder haber hecho otra cosa, o de haber lidiado
de otra manera con lo que sucedió. Se trata de redimir lo que pudo
suceder y no sucedió, porque fue derrotado. Entonces no es cuestión
solo de recordar, sino de invocar esa potencia y esos anhelos, que no
podemos reducir a una consigna, pero algo tenían que ver con el
socialismo. Arriba los pobres del mundo. Por algo siempre hubo
un filo más radical en la lucha por los desaparecidos, que mira
hacia atrás, que en la izquierda que asumió un tiempo progresista,
que mira hacia adelante.
A la
izquierda, después de la derrota de los 60, se le exige una eterna
autocrítica autoflagelante, que firme cada semana una declaración
de fe democrática, que pida disculpas por su radicalismo del pasado
y prometa que nunca más va a ocurrir. Como si la derrota no hubiera
sido castigo suficiente. Si necesitamos de la historia, no es para
seguir con este ritual autoflagelante, sino para emancipar a ese
pasado del amarre liberal que lo encadena. No estoy diciendo que
desde los 60 para acá no hayan habido victorias. Se logró resistir,
reorganizar, insistir, bloquear privatizaciones, conquistar derechos.
Hicimos lo que pudimos, y no fue poco. Pero creo que todos sabemos
que algo de lo que se perdió en aquella gran derrota sigue esperando
que cumplamos nuestra parte del pacto.
Entonces tenemos que reconstruir esa historia, pero para eso no
alcanza la labor del historiador (o de las antropólogas), es
necesario vencer. Porque el mesías no viene sólo para redimir a los
muertos, viene también a vencer al anticristo.
Hoy
estamos frente al resurgimiento del fascismo en todo el mundo. La
democracia está asediada, tanto por la violencia política y los
estados de excepción, como por la atadura de manos que le impusieron
el neoliberalismo y el poder del capital. En Argentina gobierna el
FMI y en Brasil los pichones de la dictadura. La catástrofe
ambiental se acelera (y mientras la Amazonia se quema, Uruguay sigue
buscando petróleo). Y en plena campaña electoral, la derecha saca a
relucir a Gavazzo, habla de medidas prontas de seguridad, de
militares para seguridad interna, de allanamientos nocturnos. Sabemos
exactamente lo que nos están diciendo.
El
problema es que para vencer, el progreso progresista no alcanza. No
puede entender que estas cosas pasen en pleno siglo veintiuno. Piensa
que si podemos lograr suficiente crecimiento económico y progreso
tecnológico, zafamos. La resignación, el realismo y la tecnocracia
nos pueden costar muy caros.
Claro
que estoy muerto de miedo. Y sin embargo, acá estamos, como
corresponde. La derrota podía parecer total cuando Benjamin se mató,
pero pocos años después era Hitler el derrotado. No sabemos cuanto
duran las calamidades. La dictadura duró 13 años, y un día
terminó. Mi abuela, judía y en su juventud comunista, zafó del
holocausto viniendo al Uruguay. En el pueblo de donde ella viene, hoy
no queda ni un judío. Unas décadas después le tocó sobrevivir,
aterrorizada, la dictadura, mientras sus amigos se exiliaban o iban
presos. Si yo estoy acá, si ustedes están acá, es porque es
posible pasar por una catástrofe, sobrevivir, y seguir peleando. La
vida sigue, y cualquier momento puede traer un cambio repentino. No
sabemos lo que va a pasar en el futuro, por lo que no podemos
descartar derrotas terribles. Pero tampoco podemos descartar
victorias inimaginables. Y si no nos toca a nosotros, quizás podamos
hacer algo que quienes vengan después puedan invocar.
Los
últimos serán los primeros. Que los más infelices sean los más
privilegiados. Arriba los pobres del mundo.
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