vivir sin miedo
Texto elaborado a partir de la charla "Derechos en Disputa. El avance del punitivismo: de la vigilancia policial a la tutela militar?", el 14 de Mayo en la Facultad de Ciencias Sociales.
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Comienzo por agradecer la invitación a SERPAJ y a
la campaña “No a la reforma”, por la oportunidad de hablar de
estos temas tan importantes, y de volver a esta facultad donde pasé
tanto tiempo. Voy
a decir algunas cosas que puedan ser un poco básicas y trilladas,
pero que pueden echar algo de luz a esto que estamos discutiendo.
Sobre las intervenciones anteriores, quería
llamar la atención, sobre la extraña convivencia entre un consenso punitivo en el sistema
político, y una gran dispersión en las opiniones sobre el tema en la opinión
pública. Tanto es así, que cuando la gente tuvo que votar sobre la cuestión
punitiva, votó en contra de los aumentos de penas (y estamos haciendo lo que podemos para que
vuelva a hacerlo).
Esto debería de decirnos algo sobre la
representatividad de los circuitos políticos, intelectuales y
mediáticos para los que es evidente que las cosas se solucionan
aumentando las penas. Tenemos que preguntarnos si la demanda de
castigo va de abajo hacia arriba o de arriba hacia abajo, y
preguntarnos como funciona esa demanda, que a simple vista se nos
hace tan sobrecogedora y que después, cuando vamos a buscarla con
más presición, se nos va como arena entre las manos. Y repito:
cuando la gente fue a votar un plebiscito punitivo, que no es una
encuesta, sino el electorado pronunciandose, no lo votó. El sistema
político no se dio por aludido por esto: cuando eso sucedió,
rápidamente después de la victoria de No a la Baja, estábamos
nuevamente legislando aumentar penas, como si todo el mundo quisiera
siempre aumentar penas.
Claro, todos queremos vivir
sin miedo, aunque es poco probable que
lo logremos en esta vida. La campaña —iniciada por Larrañaga para
salvar su carrera política, sin muchas probabilidades de éxito—
ata la aspiración de vivir sin miedo
con el
punitivismo: al miedo se le vence castigando a alguien.
Esta premisa de la campaña, tan básica que puede
parecer evidente —tengo menos miedo
cuando si alguien es castigado— es
uno de los primeros puntos en los cuales podemos responder de una
manera sencilla. El miedo es algo que a mí me pasa —que yo siento—
justificado o no. Porque las emociones no se justifican: cuando yo
amo a alguien no necesito justificación, simplemente me sucede.
Puede sucederme por algo, claro. Pero más que de buscar la razón,
tengo que hacerme cargo yo, como sujeto, de qué es lo que me pasa,
de qué es lo que deseo, dónde estoy parado en el mundo, qué es lo
que quiero que pase. Capaz que una forma de vencer el miedo es la
terapia, por ejemplo. Y lo digo totalmente en serio, los que hemos
hecho terapia sabemos que una de las razones por las que vamos es
para vencer miedos. Claro, eso si lo que queremos es vivir sin miedo,
si nuestro deseo es que se castigue a alguien, quizás también
necesitamos preguntarnos por qué. Y acá es importante aclarar que no
es lo mismo cuestionar que el punitivismo reduzca el delito -en eso
se han centrado las campañas antipunitivistas-, que plantearse si
reduce el miedo.
Ciertamente, el miedo a morir es algo natural.
Raro sería que alguien no lo sintiera. Y el miedo a que te maten
también, aunque no sea muy probable que te maten en la mayoría de
los espacios de una sociedad como la uruguaya. Pero como dice Riki
Musso en la canción La antorcha humana:
“la
irrisoria estadística punto uno en un millón es un montón si justo
te toca a vos”. No te van a matar, pero
si te matan es inconmensurable, y eso es angustiante. Digo esto no
para hacer un chiste, sino para enfatizar en que a veces tenemos
demasiada poca empatía con un miedo que es razonable, y que no está
igualmente distribuido. La probabilidad de ser víctima de un delito
en la ciudad no está igualmente distribuida por clase. Por poner un
ejemplo, tener un pequeño comercio puede ser una pesadilla. Y por
eso es probable que no tengamos que hablar tan en abstracto del
miedo, la cuestión es quien tiene miedo a quien. El miedo está ahí
y le puede tocar a diferentes personas de diferentes maneras.
Después de estas perogrulladas quería hablar un
poco del miedo y la política. Mi oficio es la teoría política,
entonces ese el sesgo con el que suelo pensar las cosas. Puede a
veces no ser muy útil, pero creo que sobre esto en particular puede
decirnos algo, porque buena parte de la teoría política es una
reflexión sobre la cuestión del miedo.
Para Maquiavelo, en el renacimiento, hay una
relación de miedo mutuo entre los de arriba y los de abajo, entre
las clases sociales. Nada tiene que temer más un gobernante que a
aquellos a quienes gobierna y, a su vez, si un gobernante quiere ser
efectivo, seguramente va a tener que usar el miedo tarde o temprano:
es
mejor ser al mismo tiempo amado y temido, pero
es más
seguro ser temido que ser amado si hay que elegir a una de las dos.
Con Hobbes, la cuestión, en la modernidad
temprana, se radicaliza un poco. El miedo es lo que organiza toda
política, necesariamente, y especialmente el miedo a mis iguales: el
miedo a la guerra civil, o a que nos pueda matar alguien por ahí. La
solución de Hobbes al problema del miedo es que haya alguien, un
goberante, a quien todos le tengamos miedo. Y digamos que ese
Leviatán
-el libro de Hobbes toma el nombre de un monstruo bíblico, que
representa al poder del estado- no necesariamente va a salir a
pegarme a mí, por lo que racionalmente aumento mi probabilidad de que
no me pase nada respecto a si tengo que arreglar las cosas a las
piñas con mi vecino, por no haber alguien que monopolice la violencia
desde arriba.
Hegel, un poco más tarde, dice algo bastante
intrigante en el famoso capítulo de la dialéctica entre el amo y el
esclavo, en la Fenomenología del Espíritu: cuando hay una lucha y
en esa lucha alguien tiene miedo a morir, es esclavizado por quien no
tiene miedo a morir. Es el miedo lo que hace que una persona llegue a
una posición de subordinación. Son principios del siglo XIX, hay
algo de ese romanticismo para el que
el coraje es un valor central. Pero también hay
una cuestión política no menor. Porque lo que nos está diciendo
Hegel es que el miedo es fundamental para el nacimiento de la
subordinación. Es evidente: ¿a quién me subordino? A quien le
tengo miedo.
Para terminar con este desfile pretencioso de
autores de la modernidad temprana, Spinoza nos dice algo muy radical
en la dirección contraria a la de Hobbes, y eso es: no solamente el
miedo no es el mejor principio para organizar una sociedad, sino que
necesariamente empeora la situación si lo que queremos es una
sociedad racional, capaz de potenciar a quienes viven en ella. Por
una razón muy sencilla: yo como sujeto, pero también colectivamente
como sociedad vamos a poder lograr más cosas en la medida que nos
afectemos entre nosotros con afectos de alegría y en la medida que
decidamos las cosas por acuerdos que se basen en la razón, y no
porque algunos de nosotros les tienen miedo a otros y, por lo tanto,
se subordinan. Entonces la sociedad va a ser más potente en la
medida que haya menos miedo. Claro no es tan fácil no tener miedo.
Pero Spinoza nos dice que nos conviene por más que no sea fácil, y
nos conviene siempre, porque el
miedo es siempre una pasión triste que reduce nuestra potencia.
Por más que nos cueste evitarlo, pero bueno, un poco la gracia de
la modernidad controlar un poco nuestras pasiones.
Si hubiera que ubicar al proyecto de Larrañaga en
este esquema, podemos decir que es un proyecto Hobbesiano: tengo
miedo de quienes están alrededor mío y le pido a alguien de arriba
—con un palo más grande que cualquiera que esté alrededor mío—
que los meta a todos presos, que les allane las casas de noche, que
mande a los milicos a cagarlos a palos, etc. Hay un libro de un
torturador uruguayo, Jorge Tróccoli —que ahora está preso en
Italia— titulado La Ira de Leviatán.
No es un libro recomendable, es mentira de principio a fin, pero que
tiene por lo menos una verdad, nos muestra cómo piensa un represor
de la dictadura, un buen ejemplar de la ultraderecha uruguaya.
Tróccoli hace un paralelismo entre los caudillos levantiscos del
siglo XIX que rechazaban el establecimiento del estado
y la "sedición" tupamara de los sesenta. De alguna manera, el
problema en ambos casos era que el Leviatán estaba siendo desafiado.
Así, traza una línea entre los diferentes momentos en que la
sociedad estuvo en peligro, momentos en los que tenemos que tener
miedo de que se venga abajo el orden social, porque no tenemos
suficiente miedo al gobierno. El problema, para este pensamiento
reaccionario es que la autoridad se reblandeció. Esto es algo que
vamos a ver en todo el pensamiento de derecha y de ultraderecha, esta
idea de que se reblandece la autoridad, la autoridad no es
suficientemente viril. Si los que mandan no ponen orden, no son
suficientemente violentos, entonces se viene abajo el orden social.
Porque los padres vacilan en pegarle a los hijos, porque los
maestros no disciplinan a los estudiantes, porque la policía no pone
orden, etc. Hoy, podríamos poner a los pibes contra los que apunta
la mira el punitivismo como un tercer momento de esta secuencia de
sediciosos contra los que se convoca al Leviatán.
Pero, como decía al principio, el miedo no está
igualmente distribuido: uno puede tener miedo hacia arriba, temer a
quien manda sobre uno, o uno puede tener miedo hacia abajo, temer a
quienes están en una situación peor que la de uno, a que le saquen
sus cosas, a que eventualmente lo amenacen. Esto no es menor
políticamente. También se puede pensar la libertad hacia arriba y
hacia abajo, no es lo mismo liberarme de quien me pone la pata encima
que liberarme de los mediocres que me rodean. Digo esto porque este
miedo hacia arriba y hacia abajo tiene connotaciones políticas muy
diferentes: cuanto mas queramos liberarnos de los que tenemos arriba,
mas probable es que hagamos alianzas con los que tengamos por debajo
en la escala social y cuanto más temamos a quienes tengamos por
debajo en la escala social, menos probable es que hagamos alianza
contra los que tenemos arriba.
Esto lo tienen claro quienes defienden intereses
capitalistas o jerárquicos en la sociedad, y por eso fomentan que le
tengamos miedo a quienes tengamos abajo en la escala social. Hay que
entender la racionalidad política de las campañas del miedo. Y
también hay que entender a los miedos de la derecha. Por algo tantos
de los clichés
miedosos reaccionarios se llaman fobias —aparofobia, homofobia-.
Hay que tomarse esto en serio: tienen miedo. Pero cuidado: que este miedo existsta
verdaderamente, subjetivamente, no quiere decir que tengamos que ser
condescendiente con el.
En la situaciones conflictivas, el conflicto
también implica miedo: yo puedo perder los conflictos, yo puedo
perder mi posición o mis privilegios, puedo perder mis cosas,
alguien puede atacarme. Esto es parte de lo que está en juego en la
disputa política, y eso da miedo. Los que creemos en la lucha de
clases creemos que estas cosas tienen algún vínculo. En ponencias
anteriores se señalaba muy bien que hay cierta paradoja en que como
a izquierda le parece mal la impunidad al mismo tiempo que le
parece mal el punitivismo. Creo que eso tiene que ver con lo
mismo: una cosa es la impunidad de los de arriba y otra cosa es el
punitivismo contra los de abajo. No creo, y esto habría que
discutirlo, que necesariamente sea hipócrita tener estas dos
posiciones al mismo tiempo. Justamente, se trata de por quién toma
partido uno en la sociedad, que es una sociedad de conflicto y no una
sociedad de posiciones abstractas sobre lo que está bien y lo que
está mal. No es lo mismo un "crimen" de insubordinación, que el crimen de la tiranía. Tienen consecuencias políticas
muy distintas, sobre todo una tiranía que está basada en intereses
capitalistas e imperialistas.
Digo esto porque no es casualidad que estemos
discutiendo esto simultáneamente a que hay muchos actores en el
sistema político que parecen empeñados en hacernos sentir miedo.
La derecha sabe perfectamente que cuando habla de allanamientos
nocturnos, militares en la calle, medidas prontas de seguridad,
cuando sale a hablar Gavazzo, eso para los que somos de izquierda
tiene una connotación muy particular. Por ejemplo, que nos podemos
pudrir diez años en un calabozo por ser de izquierda, como ya pasó
hace no tanto tiempo en Uruguay, o cosas peores. Ellos movilizan ese
miedo para desarticular a la izquierda. No es porque sí que les
pareció que justo ahora tiene que salir a hablar Gavazzo o que justo resulta que hay gente hablando de
mediadas prontas de seguridad. Eso es una apelación a una memoria
colectiva muy precisa. No solamente para movilizar a la pequeña base
electoral de la ultraderecha, sino también para generar un efecto
desmovilizador e intimidante sobre nosotros.
Entiendo que es problemático unificar bajo el
emblema de la sed de sangre a todos aquellos que en algún momento
sientan miedo al delito, ahora: la sed de sangre existe. Es muy
difícil, por ejemplo, escuchar el discurso de Bolsonaro de Brasil y
no pensar que sectores importantes de la sociedad, lo que tienen es
sed de sangre: quieren que muera gente, quieren que se torture gente,
quieren que haya militares en la calle. ¿Cómo se discute con eso?
Bueno, primero admitir que existe. Creo que en Uruguay estamos un
poco complacientes con la seguridad de que el orden institucional y
democrático, por alguna razón metafísica, se va a sostener para
siempre y que no hay actores que efectivamente están pensando en la
violencia política. Hay que escuchar con atención el discurso de la
derecha y cómo en muchas ocasiones en las que parece que están hablando de delitos
comunes, en realidad están hablando del caos, del desorden y
de la sedición, y sabemos lo que eso quiere decir para ellos. Hay
que escuchar, no digo inventar cosas que no dicen, hay que escuchar.
También hay que entender la complejidad de los
sujetos y los discursos. Hay que entender que la gente puede sostener
posturas contradictorias, y hay que apelar en esa contradicción, a las
posturas buenas que conviven, a menudo en las mismas personas, con
otras horribles. Y creo que es importante partir de la base de que es posible que muchas personas cambien de posición. Todos nosotros
hemos cambiado de posición sobre muchos temas. Justamente, quiero remarcar
el hecho de que el electorado no solamente ha rechazado una vez al
punitivismo, sino que lo puede hacer de vuelta. Y si lo hace de
vuelta, vamos a tener unos buenos argumentos contra el populismo
punitivo: ¿de qué populismo están hablando si las mayorías no
quieren eso? Por eso, también es tan importante esta campaña. Y por eso es importante la militancia, y hay que agradecer a quienes están
militando estas cosas, para que los militantes sepan que están
haciendo algo mucho más importante de lo que piensan.
Quería terminar con una reflexión que puede ser
un poco excesiva, pero a veces cuando hablamos de miedo nos centramos
demasiado en a qué le tenemos miedo o en a qué puede llegar a tener
miedo otra gente en la sociedad. Pero también podemos potenciarnos
un poco sabiendo que alguien puede tener miedo de nosotros, que
pueden tener razón en tenernos miedo, y que somos más fuertes de lo
que pensamos, y que ellos son derrotables. No está escrito en ningún
lado que vaya a avanzar el punitivismo y si avanzó, en buena medida
con complicidad del sistema político y, por supuesto, del Frente
Amplio, y eso tampoco está escrito en la piedra. Hay que hacer
política, hay que militar y quizá después tengan razón en
tenernos miedo.
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