desventuras del nacionalismo uruguayo
Estoy muy feliz de que este libro vea la luz y muy agradecido con quienes lo hicieron posible. Creo que dentro suyo hay artículos importantes, que conviene leer para entender el pasado, el presente y el futuro de esta parte del mundo. En la fascinante obra de Methol Ferré se cruzan la geopolítica, la nación y la mística, y si bien podría hablar del libro, creo que conviene, dadas las circunstancias, hablar de estas cuestiones.
Después de la
primera vuelta de las elecciones en octubre, el éxito electoral del
nuevo partido de ultraderecha Cabildo Abierto y de su líder, Guido
Manini, admirador de José Enrique Rodó, Methol Ferré y Benito
Nardone, produjo muchas discusiones sobre las razones de este
fenómeno. Algunas de ellas se centraron en la forma como Cabildo
Abierto logró expresar algo que se llama “lo nacional”. Sobre
esto quisiera conversar hoy.
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Algo antiguo y
misterioso, oculto, poderoso y peligroso acecha detrás de lo
nacional.
En 2016 se celebró
en la Iglesia Matriz una misa por los 205 años de la batalla de Las
Piedras. En esa ocasión hicieron uso de la palabra, entre otros, el
arzobispo de Montevideo, Daniel Sturla y el entonces jefe del
ejército Guido Manini Ríos, vestido con su uniforme de gala.
Homenajearon las tumbas de Lavalleja y Rivera, enterrados en la
catedral, celebraron a la Iglesia como “partera de esta patria
oriental” y señalaron a la batalla de Las Piedras como momento
fundacional del ejército nacional que, si contamos la historia de
esa manera, sería anterior y fundador de la nación.
¿Hablamos de la
nación fundada por la Iglesia y el ejército cuando hablamos de lo
nacional? Muchos sí. Tengamos en cuenta que mucho de lo que hoy
entendemos por nacionalismo uruguayo fue fabricado en los períodos
militaristas del siglo XIX y por el mitógrafo católico Juan
Zorrilla de San Martín a comienzos del XX.
Cuando la izquierda
uruguaya, en los años 60, intentó, después de la revolución
cubana y de una revisión de su internacionalismo cosmopolita,
reconectar con lo nacional, lo popular, el campo y América Latina,
recurrió a cierta visión de lo nacional que circulaba en ese
momento. No es casualidad que los emblemas del Frente Amplio, que se
autodefine como nacional, popular, antiimperialista y
antioligárquico, sean artiguistas. Intelectuales católicos y
conservadores como Real de Azúa y Methol Ferré fueron claves para
que esto sucediera. Intelectuales que, en alguna medida, iban tras
los pasos de liberales conservadores con cierta visión
latinoamericanista, como José Enrique Rodó y Luis Alberto de
Herrera. Todos estos fueron intelectuales elitistas, que pensaron
intensamente la cuestión de lo popular.
Cuando hablamos de
lo nacional ¿Sabemos realmente como se fabricaron las místicas
nacionales entre mármoles e inciensos? ¿Nos hacemos cargo de la
patria forjada a fuerza de fusil y calabozo? ¿Sabemos con qué
fuerzas estamos tratando cuando invocamos a esa nación?
Las naciones, para
los nacionalistas, están hechas de místicas misteriosas. Los
pueblos tienen orígenes y destinos, símbolos y sentires. Vínculos
profundos de sangre y de tierra. Quiero detenerme en la palabra
“místico”, para tomarla muy en serio (más en una charla sobre
un teólogo) y separarla de lo esotérico. El misticismo es la
experiencia directa de lo divino, el conjunto de prácticas rituales,
extáticas, ascéticas o comunitarias que permiten a las personas
acceder a experiencias espirituales. Hay, sin duda, una mística
nacional. La selección, el himno, la liturgia electoral, la empatía
cuando nos encontramos con un uruguayo en el exterior.
Pero también hay un
esoterismo de la nación. Lo esotérico es una forma de organización
basada en la separación entre iniciados (un selecto grupo de quienes
entienden de que se trata todo esto) y profanos (la gran mayoría de
la gente). Mientras los primeros piensan de manera estratégica,
comparten información entre sí y participan, quizás, de prácticas
místicas de élite; a los segundos se les emite un mensaje
hipersimplificado que oculta los verdaderos propósitos de la
organización. Las logias, sectas y otras de ese tipo son típicas
organizaciones esotéricas. Si bien tanto en lo místico como en lo
esotérico hay una dimensión de misterio, son misterios distintos.
Mientras el misterio místico es el de la dificultad para entender
las experiencias extraordinarias, el misterio esotérico es para
producir capas de secretismo y opacidad que den una ventaja
estratégica a la élite que manda en la organización.
A los nacionalistas
les gusta hablar de cábalas secretas que dominan el mundo, corrompen
los valores, etc. Piensan esto porque proyectan en los demás sus
propias prácticas. La política oscurantista del nacionalismo
uruguayo (que no tiene nada de arcaica, porque siempre supo usar las
técnicas de organización y comunicación más modernas) mana de
organizaciones esotéricas e hiperjerárquicas como la Iglesia y el
ejército, los Tenientes de Artigas, y otras tantas sectas, logias,
cenáculos y opacidades, muchas veces enquistadas en pliegues del
estado, desde donde espían, amenazas, cooptan. Y de ahí se tienden
las redes de todo un mundo organizativo que es la base militante de la
derecha uruguaya: las “fuerzas vivas” que agrupan a las clases
dominantes en las ciudades del interior del país, los clanes
oligárquicos y sus alianzas matrimoniales, los centros de retirados
militares, las asociaciones tradicionales. Entidades que no se cansan
de insistir en que son las portadores del verdadero espíritu del
Uruguay.
Si bien Manini y su
Cabildo Abierto hablan de lo popular, no podemos olvidar que su
partido surge del riñón de la élite y las altas esferas del poder
estatal uruguayo. El candidato: jefe del ejército, heredero de uno
de los grandes clanes oligárquicos, portador de uno de los apellidos
destacados de la derecha uruguaya desde hace un siglo. El segundo al
mando: actuó como escribano de la presidencia de la república, en
los pasillos del poder hace décadas. Y eso sin contar a los
ultraderechistas de varios pelos que habitan al partido. Es hora de
que miremos a “lo nacional” a los ojos para ver lo que siempre
estuvo ahí.
Con este tipo de
nacionalismo vienen la glorificación del mando, la figura del patrón
como señor, caudillo, patriarca; el derecho a mandar de ciertos
linajes; una interpretación de la historia basada en padres míticos,
tradiciones y herencias en peligro ante las “ideologías foráneas”;
y una liturgia de fechas patrias que según ellos hay que recurperar.
Hay allí algo con olor a papel viejo, a cuero quemado, a sangre
seca.
Sé, claro, que lo
nacional excede a estas organizaciones y prácticas conservadoras. Y
que tiene otros puntos desde donde ser enunciado y sentido, muchas
veces en directa oposición a este tipo de política. Pero creo que
por demasiado tiempo pensamos en abstracto sobre el nacionalismo
uruguayo, sin detenernos a pensar que acercarnos a la cuestión
nacional es lidiar con discursos, prácticas y formas de organización
de este tipo. Porque una cosa es la idea de lo nacional y lo popular
que uno obtiene leer las sutiles consideraciones izquierda-lacanianas
de Laclau, y otra muy distinta la que uno se lleva cuando piensa en
como se construye, en Uruguay, lo nacional. Si vamos a invocar a
Gramsci, no olvidemos nunca que fue un comunista revolucionario que
quería una sociedad sin clases, que murió en los calabozos de un
gobierno nacionalista.
Los tupamaros, que
por su naturaleza gerrillera siempre se llevaron bien con el
simulacro y el secreto, fueron a fondo en sus vinculaciones con ese
nacionalismo. La precisa naturaleza de sus vínculos con los
Tenientes de Artigas es todavía un misterio. Otras izquierdas, en la
búsqueda de crear una “izquierda nacional”, entraron en contacto
con otras partes de estos nacionalismos, o por lo menos con espacios
y artefactos que irradiaron de allí. La izquierda pensó, quizás
inocentemente, que podía cooptar a lo nacional. Pero conviene
hacerse la pregunta de quien cooptó a quien. Como dijo un gran
reaccionario, cuando miras al abismo, el abismo te mira a ti.
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Todo discurso
jerárquico despliega, al mismo tiempo, dos tipos de discursos sobre
los subalternos: por un lado, los muestra como inferiores y
merecedores de su condición subordinada, los trata de ignorantes,
maleducados, sucios, feos, incompetentes, faltos de voluntad, etc.;
por otro, los glorifica en tanto que subalternos, festeja al
laburante que se levanta a las 7 de la mañana y hace lo que le dicen
sin chistar, a la esposa que cría con amor a muchos hijos, etc. Este
último discurso puede reivindicar la identidad, las formas de vida y
la cultura subalternas, bajo condición de que se mantengan en su
lugar. En el instante que el subalterno cuestiona su posición (y por
lo tanto la jerarquía que lo subordina), pasa a ser alguien externo
a la comunidad, un agitador, un infiltrador de ideologías foráneas,
un contranatura. Quiero decir que existe una forma específicamente
derechista de pensar lo popular.
Hay que tener
cuidado, por ejemplo, con homolgar sin más a lo popular con el
patriotismo o el valor del trabajo. Estos últimos no son
necesariamente valores populares, y de hecho fueron impuestos por las
élites de manera muy trabajosa. Recién a finales del siglo XIX se
logró crear en esta parte del mundo un estado nación donde la gente
aceptaba ser asalariada y formar familias nucleares. Contra ese
proyecto disciplinador (pienso, obviamente, en Barrán), lo que se
rebelaba era la vagancia, la picardía, el juego, el placer, el chupi
y el desperdicio.
Lo popular es algo
complejo. Podría decirse que la palabra es un significante vacío,
pero creo que más bien es algo viscoso, pegado a ciertas historias y
experiencias, y a la naturaleza antagonista de la sociedad de clases.
¿El sujeto popular es el buen laburante o el vago? Los dos, que
conviven en todos nosotros. También es, al mismo tiempo, el
militante y el que acepta, porque quiere o porque no tiene más
remedio, su situación subordinada.
En Uruguay existen
dos grandes relatos nacionales: Por un lado el batllismo, curiosísimo
populismo comopolita, izquierdista y republicano (pero no, como bien
notó Rodó en su momento, liberal). Que fue europeísta, sí, pero
en una Montevideo donde había enormes y crecientes contingentes
extranjeros. Fue cosmopolita, pero construyendo un muy peculiar
nacionalismo uruguayo, que propuso una nación de ciudadanos,
organizada por un espíritu utópico colectivo. Sin duda esto tiene
algo que ver con lo que en Uruguay, hasta hoy, entendemos como “lo
popular”.
Si la narración
nacional batllista es sarmientina, modernizadora, cosmopolita y de la
patria chica, la blanca es federal, conservadora, romántica y de la
patria grande. Y está llena de contradicciones. Fue forjada por
liberales (atención: liberales) conservadores como Herrera y Rodó y
por católicos hispanistas como Methol y Real. Hay algo muy delicado
ahí. Por un lado, la izquierda tomó ese nacionalismo cuando lo
necesitó, y el resultado fue tremendamente productivo en términos
políticos y culturales. Por otro lado, también produjo muchos
discursos nacionalistas ultraderechistas, como el de Nardone y hoy
Manini.
Methol, ambiguo
como el solo, estuvo presente en todos esos momentos. Estuvo con
Seregni y Mujica, pero también con Nardone, y en ese reducto de
hiper-elitista y neoliberal que es la Universidad de Montevideo.
¿Como entender estos tránsitos? ¿Hay momentos verdaderos y otros
falsos de su carrera? ¿O es que, en su cabeza, había algo en común
en todo esto? Entender esto puede ser la llave para entender mucho de
la política uruguaya contemporánea. Y no se me escapa que hoy,
mientras dos peronistas entran en la Casa Rosada desalojando a un
playboy oligarca y neoliberal, Methol estaría tan contento como yo.
Entra aquí la
cuestión geopolítica. Methol era uruguayo, latinoamericano y
católico. Le preocupaba el destino de esos tres pueblos. No
simpatizaba con el liberalismo ni con el “cosmopolitismo
abstracto”. Esta posición geopolítica puede ser en ciertas
situaciones compañera de un antiimperialismo de izquierda, pero en
otras habría que tener algo más de cuidado. El periódico Nación,
cercano al ejército uruguayo, y que saltó a la fama el viernes
antes de la segunda vuelta de las elecciones por un editorial
repugnante y antidemocrática, nos da un ejemplo: elogios a Putin y
al Papa, discurso antiglobalista, entrevistas a Gustavo Salle,
reseñas a historiadores ultraderechistas.
No quiero decir esto
a la ligera, ni dejar de decirlo: cuidado con que el
anti-cosmopolitismo y el anti-globalismo pueden estar al borde de la
xenofobia y el antisemitismo. Cuidado con quienes pueden ser
compañeros en el odio a Soros (sobre todo si no les preocupan los
cientos de millonarios no judíos que financian organizaciones
políticas neoliberales). Cuidado con la soberanía como eje de la política.
Cuidado con confundir anti-imperialismo con discursos identitarios
excluyentes, y a lo popular con las partes del pueblo que más
compraron al discurso de quienes lo explotaron toda la vida.
No quiero decir, que
se entienda bien, que haya que rechazar toda espiritualidad ni toda
experiencia mística. Creo que expandir la conciencia es una
obligación de toda persona y todo colectivo. No creo, tampoco, que
toda organización con un componente esotérico tenga que ser
rechazada: la opacidad es una ventaja demasiado importante para
despreciarla así nomás. No creo, tampoco, que no haya nada que
rescatar del catolicismo, que tantos mártires dio a las luchas
populares. Ni mucho menos que no tenga sentido apelar al amor que
toda persona siente al lugar en el que nació y en el que vive. Tan
solo digo que no podemos ser ingenuos cuando lidiamos con este tipo
de cuestiones.
Estoy, por cierto,
muy de acuerdo con quienes critican al progresismo modernizador,
liberal y tecnocrático, que hoy hegemoniza a la izquierda uruguaya.
Lo que no creo es que necesariamente el nacionalismo sea la solución
a este problema. Después de todo, nacionalismo y modernización no
son contrarios, sino hermanos mellizos (si no gemelos), como lo son
el liberalismo y el romanticismo. ¿Es posible pensar a lo popular
sin lo nacional? ¿Es posible pensar a lo nacional por fuera de las
cábalas que hablan en su nombre? ¿No hay otras místicas, otras
opacidades, otras formas de entender al pueblo? ¿Hay que elegir
entre nacionalismo conservador y liberalismo modernizador o hay
alguna otra cosa? Yo creo que sí.
Hasta que no se
hayan hecho y respondido estas preguntas, deberíamos tener una enorme prudencia
para lidiar con fuerzas que no entendemos del todo.
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