propuesta a los universitarios
Estamos en medio de
una pandemia que tiene descolocada a la sociedad entera en Uruguay y
en buena parte del mundo. Las cosas no pueden seguir como si nada, ni
tampoco pueden parar del todo.
La Universidad de la
República se enfrenta, como tantas instituciones y colectivos, a un
desafío enorme, y está dando muestras de estar a la altura, con
decisiones valientes e intervenciones que pueden ser un aporte
definitorio en la respuesta del país a la pandemia, en su mejor
tradición como institución.
En este marco, creo
que sería bueno discutir cual es el rol de la enseñanza, de los
diferentes cursos, talleres, cátedras y similares en una situación
como esta. Y sobre esta discusión, quisiera proponer que lo mejor no
es seguir como si nada pasara (solo que por la web) sino intentar
otras cosas.
Propongo esto sin
tener ninguna legitimidad particular. Soy apenas un egresado
que pasó la mayor parte de su vida adulta en la institución, como
estudiante, docente, investigador y asistente académico en varios
servicios universitarios, y que ahora, trabajando en otros lugares,
quiere lo mejor para la institución y quienes la habitan. No es mi intención atacar a lo que ningún universitario está intentando hacer en una situación dificilísima, sino hacer un aporte a quienes les interese.
Encuentro que sería
estimulante, útil e inteligente que cada espacio curricular se
transforme en un lugar para discutir el presente y/o para pensar
intervenciones en él. Esto vale en principio para todas las
disciplinas, subdisciplinas, técnicas y profesiones, ya que lo que
tenemos delante es un hecho prácticamente total, que toca desde la
medicina hasta la geografía, de la historia al trabajo social, de la
agronomía a la matemática, del turismo a las relaciones laborales,
de la contaduría a la ingeniería, de la enfermería a la literatura
(y obviamente no soy exhaustivo).
Esta propuesta
implicaría renunciar a las planificaciones ya delineadas para
repensar como, desde la especificidad de cada espacio, se puede ayudar
a dar cuenta de lo que pasa. Esto puede implicar leer de otra forma
la misma bibliografía, pasar a la práctica cosas que eran teóricas
(o al revés), proponer lecturas y actividades distintas,
disponibilizar los espacios físicos para lo que sea necesario o lo
que tenga sentido en cada lugar (que bien puede ser, en algunos
casos, seguir con el plan). Pero en todo caso, implica tomarse en
serio parar y preguntarse que tiene para pensar y/o para ofrecer ante
esta situación cada espacio.
El modelo adecuado
para pensar esta situación no es el de un problema que se puede solucionar con algún medio técnico (en este caso
las clases virtuales), sino una situación de excepción radical. Lo
más análogo que se me ocurre es un largo conflicto sindical (por
algo aparece tanto la palabra “parar”) en el que la institución
detiene su funcionamiento normal para dar paso a actividades
específicas como contracursos, manifiestos, etc.
Entiendo que una
respuesta razonable a un planteo de este tipo es que puede ser una injusticia hacia los estudiantes que están
inscritos a los cursos. Pero la injusticia ya sucedió, y no por
ninguna decisión de la Universidad o sus distintos colectivos, sino
por la propia pandemia. Hoy es imposible que los estudiantes vivan la
experiencia que tendrían en un semestre normal.
No estoy queriendo
decir que no haya que hacer nada, sino todo lo contrario. Es
imperativo que la Universidad mantenga el vínculo con sus
estudiantes. Y es innegable que las plataformas de enseñanza online
(y otras) tienen una gran potencia que puede usarse intensamente.
Pero justamente la pregunta no es como hacer lo mismo que se hacía
pero por otro medio, sino qué hacer con los medios que tenemos
disponibles ahora. Esa pregunta requiere de tiempo y discusión para
ser respondida, y el tiempo que se use en eso no es tiempo perdido.
Siempre va a haber
tiempo para repetir cursos, compensar, recuperar lo perdido, inventar
parches ad hoc y entender que no siempre estamos en control de lo que
pasa. Existen pérdidas irreparables, y van a haber muchas de esas a
causa de esta pandemia.
Por supuesto,
existen las resoluciones que han tomado las diferentes autoridades
universitarias, que responden a razones legítimas. Pero atenderlas
no necesariamente quiere decir seguir como si nada, ni significa que
la pandemia derogue la libertad de cátedra.
La situación nos
pide desesperadamente parar, y no es el momento para que gane la
inercia. Esta puede ser muy mala consejera en tiempos de excepción.
Además, hay que tener en cuenta (además de a las dificultades
técnicas de pasar los cursos a la red) al estrés y la angustia que
la situación produce, y lo injusto que puede ser, justo ahora que
las personas están encerradas y llenas de incertidumbre, redoblarles
el imperativo de productividad.
La educación tiene
una dimensión humana, y no se trata solo de contenidos, créditos,
planificaciones y deadlines. La cuestión de como estar juntos en
medio del “aislamiento social” tiene que estar en el centro, y la
forma de hacerlo no necesariamente es intentar mantener el ritmo.
Quizás en algunas cosas haya que bajarlo, y en otras haya que
subirlo. Pero en todo caso hay que escuchar las situaciones
concretas.
Una institución
pública, autónoma, cogobernada y que cuenta con un mandato legal de
“contribuir al estudio de los problemas de interés general y
propender a su comprensión pública” puede tomarse la libertad y
la responsabilidad necesarias para salirse de libreto en una
situación extraordinaria.
Creo que, más que
reducir las pérdidas y ver como seguir, hay que pensar cómo
transformar esto en una oportunidad, metiéndonos colectivamente en
el potencial cognitivo de la crisis, mirándola desde los infinitos
puntos de vista que la Universidad engloba.
A quienes están sosteniendo la actividad universitaria como se puede, todo el ánimo y la confianza.
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