los derechos humanos en la política

 Este texto es una versión corregida y ampliada de la desgrabación una charla en el marco de la Asamblea General Anual de Amnistía Internacional Uruguay, que sucedió por videoconferencia el sábado 29 de agosto. Agradezco a Amnistía Internacional Uruguay por la desgrabación de la charla.

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Es para mí un placer estar acá, dialogando con Amnistía Internacional, y encima con mis compañeros de oficina, Joaquin y Lucía. Entro directamente en materia para que no perdamos tiempo, porque hay muchas cosas de conversar.

Estuve pensando bastante en qué podía llegar a ser útil en un espacio como este. Porque como bien decía Lucía recién, hay muchos frentes. Esta es una coyuntura tremenda, donde están pasando muchas cosas. Entonces pensaba y se me iba agrandando el tema y subiendo el nivel de la abstracción. Al final me pareció que puede estar bueno hacer el intento de hablar de la coyuntura desde una historia larga y un nivel de abstracción alto. Primero, porque toda coyuntura lleva años, décadas, en emerger. Siempre que pasa algo, se puede mirar hacia atrás y ver cómo se viene preparando desde hace mucho tiempo. Y segundo, que este es especialmente un momento de quiebre histórico impresionante, y en esta coyuntura se juegan décadas.

Entonces, quería proponer una mirada larga de nuestra situación actual, prestando atención a diferentes formas de politización del tema de los derechos humanos, para proponer una conversación sobre qué es lo que está pasando ahora en ese terreno.

El origen de la forma actual de la institucionalizad de derechos humanos, es la posguerra de la Segunda Guerra Mundial. Aunque hay importantes antecedentes de instituciones y organizaciones internacionales pioneras en la defensa de los derechos, es en la posguerra que se logra cierta masa crítica institucional. De algún modo, en ese momento, se convoca a la revolución francesa, y se retoma el espíritu de su Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, y a través de ella, de toda una tradición iluminista. Es decir, de una gran familia de ideologías que se piensa a sí misma como la que viene a traer la emancipación humana, y la que viene a combatir contra el oscurantismo, contra la sociedad de estamentos, contra las jerarquías inmodificables. La operación que se hace en ese momento es una operación iusnaturalista, que pone a los derechos por afuera de la política, por arriba de la política. Los derechos son algo inherente al ser humano y, por lo tanto, no están en disputa. No se sabe muy bien de dónde vienen, aunque hay diferentes posturas sobre eso, algunas más cuasi-teológicas, otras más constructivistas. En todo caso, me parece bien que los derechos humanos no estén en discusión, pero tenemos que admitir el hecho de que ese no es el caso en todas las épocas ni en todos los lugares, sino que es una idea con aspiraciones de ser hegemónica en una coyuntura política específica, la posterior a la posguerra.

Hay que recordar que eso no sucede espontáneamente porque se le ocurra a algún filósofo, sino que es el resultado de las guerras mundiales, que tienen en el medio la cuestión de las revueltas obreras y populares, en lucha contra ideologías hiper jerárquicas, colonialistas, clasistas. En esas décadas proyectos igualitarios pelearon y ganaron guerras contra el nazismo y el facismo. Los estados de bienestar, los populismos, la democracia, los derechos, son fruto de movimientos de masas, y de ideas igualitarias. Esta idea de que todos los seres humanos tienen ciertos derechos universales, es la bandera de un movimiento político concreto. Y hay que recordar que siempre hubo gente que estuvo en desacuerdo con estas ideas, y que, específicamente entre finales del siglo XIX y mediados del siglo XX hay un ascenso de ideologías reaccionarias, que discuten con mucha fuerza contra las ideas igualitaristas.

Hay un segundo momento, en el que empieza a intentarse formar un régimen internacional basado en los derechos humanos, que después de varios intentos se consagra en las Naciones Unidas. En este régimen los derechos, junto con otros conceptos como democracia y desarrollo, forman un campo de diálogo, en el que confluyen una serie de ideologías y proyectos políticos: liberales, socialistas, comunistas, democratacristianos, y más adelante también los movimientos de liberación nacional.

La relación entre esas ideologías no es nada armónica, pero de algún modo todas ellas se legitiman apelando a los derechos y a un marco igualitarista e iluminista. Se trata de una especie de super ideología, o de supra ideología. Por supuesto que todas estas posturas políticas que se basan en los derechos, violaron los derechos de formas tremendas. Algunos de los firmantes de la carta de los derechos humanos fueron los que tiraron las bombas atómicas en Hiroshima y los que crearon los gulags. Pero el tema no es que los cumplieran, sino que los reconocieran, y, por lo tanto, se sometieron en algún punto (por lo menos en teoría) al escrutinio que viniera desde esa postura, que para ellos era legítima, y de hecho la base de toda legitimidad.

Entonces, ¿cuál es el otro, lo que se encuentra en frente, de esta posición?: El nazismo y el fascismo. Esta supra ideología basada en los derechos humanos derrotó militarmente, reprimió y censuró al nazismo y al fascismo. Esto dejó fuera de lo decible políticamente (aunque no fuera de lo que sucedía materialmente), en prácticamente todo el mundo, a las ideologías que negaran la condición de personas a grandes grupos, que fueran racistas, antidemocráticas, belicistas y basaran su idea de soberanía en el derecho de conquista.

Todas estas cosas que el régimen post Segunda Guerra Mundial intenta deslegitimar (es decir, las ideologías nazi y fascista, pero también un pensamiento reaccionario anterior) no desaparecen, sino que se repliegan. Dejan de poder hablar en público, y por eso no es menor que una de las cosas que los fascistas tuvieron que lograr para recuperarse como postura política fue poder hablar. Por eso hablan tanto de lucha contra la corrección política. Se los censuró, con muy buenas razones, y su exclusión los hizo suficientemente chicos como para que en un momento olvidáramos su presencia. Voy a volver a ellos en seguida, pero por ahora salen de escena.

¿Cómo se va formando este campo de los derechos humanos? Es muy importante entender que en las estructuras burocráticas internacionales, y también en los activismos que están en torno al sistema de Naciones Unidas y de otras instituciones de derechos humanos, tenían mucha importancia militantes e intelectuales que venían de la socialdemocracia europea y de los movimientos de liberación nacional del Tercer Mundo.

Eso marcó los ambientes ideológicos de agencias como Unicef o Cepal, y de muchas otras. Se formó todo un campo de organizaciones, burocracias, ambientes académicos, espacios en disputa, en los cuales conceptos como democracia, desarrollo y derechos van tomando carne, y en el cual de algún modo se articulan no sin roces, bajo una hegemonía (digamos) liberal-progresista, diferentes internacionalismos: el socialdemócrata, el comunista, el universalista liberal, el Movimiento de los No Alineados, incluso el universalismo de la Iglesia Católica. De hecho, llega a haber entre los años 60, 70, 80, en el seno de las Naciones Unidas, toda una discusión sobre un nuevo orden económico, en el cual los No Alineados (es decir, el Tercer Mundo) reclama que las Naciones Unidas sean el espacio en el cual se diriman las diferencias económicas y las desigualdades entre los países. Eso agita las asambleas de las Naciones Unidas durante un par de décadas, y sucede a través del lenguaje del desarrollo, la democracia y los derechos. Claro, simultáneamente a esto, en la Guerra Fria, que es lo que está sucediendo en ese momento, el campo estadounidense, el campo capitalista, despliega un discurso que reivindica a la democracia y los derechos, y los reclama para el campo del anticomunismo. Lo cual en parte es razonable, porque en el campo comunista evidentemente se violaban los derechos humanos. Pero era al mismo tiempo totalmente hipócrita, porque en nombre de los derechos promovía dictaduras y guerras sucias en las cuales sucedieron las peores violaciones masivas a los derechos humanos que conoce América Latina.

Esto es bien importante porque en los años 70, que es cuando suceden estas dictaduras en América Latina, es el momento en el cual el neoliberalismo toma relevancia al interior del campo liberal. El liberalismo de la postguerra, lo que hoy los yankees llaman “liberalismo”, la postura de Franklin Roosevelt, de Rawls, de Keynes, deja de ser la principal fuerza al interior del campo liberal. Pasa a ser hegemónico, al interior del liberalismo, la postura de Hayek, o de Jaime Guzmán. Un liberalismo autoritario, un liberalismo hipercapitalista, un liberalismo mucho más abiertamente antidemocrático y cada vez más en diálogo con lo que quedaba de la tradición reaccionaria. A eso llamamos "neoliberalismo". Y esto tiene que ver con la lucha de clases: cuando la clase capitalista decide que ya no quiere conciliar, el llamado liberalismo igualitario retrocede, al punto de que hoy los neoliberales ya no reconocen como liberales a gente como Rawls, o como Keynes. Dicen que son comunistas.

Las organizaciones de derechos humanos son muy importantes para denunciar los crímenes de las dictaduras neoliberales, pero al mismo tiempo también son importantes para que las izquierdas latinoamericanas cambien su punto de vista desde posturas revolucionarias hacia otras más minimalistas, incorporando, ya no como base mínima o como fuente de legitimidad, sino como postura sustantiva, a los derechos, el desarrollo y la democracia. Ese es un punto muy importante de la historia de las izquierdas de América Latina, y sucede más o menos al mismo tiempo, en los ochenta, que la socialdemocracia europea se corre a la derecha con Mitterrand, y con Felipe González, y que cae el comunismo soviético.

Entonces es un momento en el cual la izquierda se queda muy debilitada, el neoliberalismo asciende, el liberalismo igualitarista retrocede y, los derechos y la democracia y el desarrollo, pasan de ser una especie de marco mínimo en el cual diferentes ideologías discuten, a ser la ideología a secas de una parte importante de la izquierda.

Acá merece un capítulo aparte la cuestión de los movimientos de liberación nacional, porque son muy protagónicos en la medida en la que aparecen nuevos estados en el mundo por los procesos de independencia. Esos países empiezan a ser mayoría en la Asamblea de las Naciones Unidas y empiezan a hacer reclamos al orden internacional con cada vez más fuerza. Pero suceden dos cosas: primero, que los movimientos de liberación nacional quedan entrampados después de los años ‘70 con la crisis del petróleo y sobre todo en los años ‘80 con la crisis de la deuda. Como consecuencia de esas crisis pierden mucho peso político, y dejan de pensarse a sí mismos como capaces de crear estados fuertes, importantes, capaces de disputar en el gran concierto de las naciones. Hay una gran crisis de la liberación nacional, del nacionalismo popular y del populismo, piensen en cómo Menem, por ejemplo, que en los ‘80, era un tipo bastante de izquierda, en los 90 se transforma en un neoliberal radical. Piensen en lo que le pasa al APRA en Perú, piensen en Fernando Enrique Cardoso. Cosas parecidas pasan en África. Pero, simultáneamente a esto, pasa otra cosa con los movimientos de liberación nacional y es que los nacionalismos que vienen de las independencias, que muchas veces eran de inspiración secular y socialista, amigables (por lo menos en teoría) con las ideas de derechos, de progreso, empiezan a ser desplazados gradualmente por nacionalismos conservadores y oscurantistas.

Para estos nuevos nacionalismos el proyecto no es crear una nación socialista en el marco de un Tercer Mundo en ascenso, sino la recuperación de culturas antiguas, que viene con la queja de que la idea de derechos es una imposición extranjera. Piensen por ejemplo en lo que pasa con el retroceso del pan-arabismo en el mundo árabe, que es sustituido por el islamismo; o piensen lo que pasa en India con el retroceso del Congreso Nacional de la India de Nehru y el avance de la ideología hindutva hiperconservadora del actual gobierno de Modi. Procesos similares se desarrollan en muchos lugares, y habría que pensar si en América Latina no estamos viviendo algo parecido con la reemergencia de una especie de conservadurismo católico latinoamericanista (o de un nacionalismo evangélico militarista, como en Brasil), pero bueno, eso es una discusión larga. Una cosa que es muy importante es que estos nuevos nacionalismos que vienen a ocupar el espacio que antes ocupaban los movimientos de liberación nacional son neoliberales, son procapitalistas, y ya no tienen estas ideas estatistas, cuasi-socialistas de los nacionalismos de los 60.

Entonces, pasamos de los 80 a los 90. Cuando cae el comunismo soviético y pasa a haber en el plano geopolítico una hegemonía total de Estados Unidos, se da un intento por parte de los liberales, o mejor dicho, de los neoliberales estadounidenses y europeos, de crear un nuevo orden mundial, un régimen internacional de derecho que es, al mismo tiempo, defensor de los derechos humanos y del capitalismo neoliberal.

Esta es la ideología dominante a nivel global en los 90, que es muy distinta a la de posguerra, aunque ambas planteen un orden mundial que defiende a los derechos. Aduciendo que se defienden los derechos humanos, la OTAN bombardea Yugoslavia y se erige en una especia de policía global. Eso que en aquel momento se llamó Nuevo Orden Mundial fue rechazado por izquierda y por derecha por diferentes razones, pero es interesante cómo para muchos en los 90 el FMI y el Banco Mundial, la UNICEF y la OMS eran vistos por algunos actores como más o menos lo mismo: eran las élites internacionales. Y de ahí viene mucho lo que está pasando ahora, porque ahí lo que pasa es que con el crecimiento de las agencias, las ONGs y los espacios académicos se da el crecimiento de toda una clase internacional de activistas y burócratas que los nacionalismos conservadores ven cada vez más como su principal enemigo.

Las dictaduras latinoamericanas ya en los 70 solían oponer defensa de la soberanía al discurso de los derechos humanos, lo cual desde su punto de vista era lógico porque justamente querían que la soberanía estuviera por encima de cualquier derecho para poder someter a sus poblaciones a todas las vejaciones que se les ocurriera. En los 90, quienes rechazan al “Nuevo Orden Mundial” por derecha insisten en que cosas como los derechos humanos o la liberación de la mujer son imposiciones de élites internacionales de cosmopolitas degenerados (cosa que empieza a rimar con los viejos lugares comunes antisemitas).

Al mismo tiempo, muchos movimientos sociales del tercer mundo están defendiendo a la soberanía, pero contra las privatizaciones y los ajustes neoliberales. Entonces, es una situación de cierta ambigüedad, y hay una superposición entre las dos cosas. Si los poderes globales buscaron unficar al neoliberalismo con los derechos humanos, no es raro que quienes estuvieran contra los derechos humanos y quienes estuvieran contra el neoliberalismo construyeran, en algunos puntos, un lenguaje en común. Creo que algunos de los problemas que tenemos ahora tienen que ver con eso. Lo que quiero decir es que las formas de resistencia antineoliberal y antiimperialista a partir de los 90 tuvieron relaciones muy complejas con el mundo de los derechos humanos, de las Naciones Unidas y de las agencias internacionales. Existen dos posturas “anti globalización” muy distintas. Una que es de izquierda, que fue el movimiento antiglobalización propiamente dicho, que tuvo sus expresiones en el zapatismo, en la revuelta de Seattle del 99 y en el Foro Social Mundial a partir de 2003 (esta corriente, por cierto, ejerció críticas muy duras, desde puntos de vista anticoloniales y/o posmodernos a las ideas de progreso y de universalidad de la Ilustración, y de esas críticas se podría llegar a plantear una superación “por izquierda” de ideas como derechos, democracia y desarrollo). La otra, es una ultraderecha antiglobalista, que en los 90 fue bastante marginal pero que a partir de 2008 tomó mucha importancia.

Otra cosa interesante es que, tal como los movimientos antiimperialistas tienen una relación compleja y contradictoria con el mundo de las Naciones Unidas, también los Estados Unidos y los neoliberales tienen relaciones contradictorias y cambiantes con la ONU y las instituciones de derechos humanos. Especialmente después de la presidencia de Bush, se empieza a dar un conflicto entre el estado estadounidense y las Naciones Unidas, y eso es bien interesante porque éstas son en buena medida una co-creación de Estados Unidos, como uno de los ganadores de la Segunda Guerra Mundial (aunque hay que recordar que en Estados Unidos siempre hubo una fuerte tendencia aislacionista, muy desconfiada de las instituciones y el derecho internacional). Piensen por ejemplo en las escaramuzas de Bush con el Organismo Internacional de Energía Atómica antes de la segunda guerra de Irak, en la salida de Estados Unidos de la UNESCO y ahora de la OMS.

Entonces, estas cuestiones tienen una gran complejidad política. No podemos no pensar esta complejidad con la excusa iusnaturalista de que los derechos están más allá de la política. En realidad, los derechos siempre estuvieron en la política, de formas cambiantes y complejas.

Quiero terminar entrando en el problema que tenemos ahora, que es que los derrotados de la Segunda Guerra Mundial empiezan a volver. Nunca desaparecieron. Recorrieron, en estas décadas, un largo camino en las sombras. Sobrevivieron en reuniones de intelectuales postfascistas en la España de Franco, sobrevivieron en el racismo del sur de Estados Unidos, sobrevivieron en las fuerzas armadas y en las policías de muchos países (cosa que se veía claramente cuando éstas daban golpes de estado y se les escapaba, de vez en cuando, una esvástica). Y, finalmente, cuando apareció internet, encontraron en redes anónimas y foros formas de reorganizarse.

Un momento muy importante es cuando el terrorista noruego Anders Breivik publica un manifiesto y mata a 69 jóvenes militantes socialdemócratas. El manifiesto de Breivik es la piedra roseta de las ultraderechas actuales: habla de marxismo cultural, de planes de reducción de población, de conspiraciones feministas. Si no entendemos la ideología de la que viene Breivik, no vamos a entender por qué hay mucha gente que hoy piensa que la pandemia es una parte de un plan, ejecutado por la OMS, y comandado por Soros y Bill Gates, para dominar el mundo. Hay toda una ideología y una historia detrás de estas ideas.

Para esta ideología, existe un “globalismo”, craneado por élites internacionales que incluyen a la izquierda, a las Naciones Unidas, a las organizaciones de derechos humanos, y que son comandadas, a través de sociedades secretas, por un pequeño grupo de magnates financieros (lo cual es irónico dado que, recordemos, estas ultraderechas son neoliberales, y financiadas ellas mismas por magnates financieros). El “globalismo” segun esta corriente, es el enemigo de la soberanía y por lo tanto es el enemigo de los pueblos, idea que los habilita a desplegar una estrategia populista que ubica como élite, como oligarquía contra el pueblo, al capital financiero… y a la izquierda. Esta es la agenda de Trump, expuesta con toda claridad por su ex asesor Steve Bannon, que explicó que la única forma de salvar al capitalismo de un eventual resurgimiento del socialismo es creando un populismo nacionalista.

Esta estrategia populista ha tenido bastante éxito, también en Uruguay, y es urgente encontrar alguna respuesta al discurso que sostiene que la lucha es entre una élite corrupta, cosmopolita y degenerada y un verdadero pueblo nacionalista y conservador, al que se le quieren imponer cosas tan terribles como la educación sexual. Una tarea muy importante es ubicar esto en una larga historia del pensamiento reaccionario, pero también entender las organizaciones que hay ahora. Desde el punto de vista de los derechos humanos y de las organizaciones e instituciones que los defienden, va a ser muy importante revisar la forma como la cuestión de los derechos humanos se fue recolocando de diferentes formas en el campo político según fueron cambiando las coyunturas. La gran pregunta, hoy, es cómo ubicar, en el terreno actual, a la lucha de los derechos humanos, frente al intento de la ultraderecha de plantearlos no como algo que está por encima de la política, sino como uno de los bandos y, de hecho, como el bando minoritario y antipopular.

Esto tiene implicancias para la coyuntura, pero también para las discusiones teóricas más pesadas. Exige repensar a la relación de fuerzas, la geopolítica y, sobre todo, a la historia larga de las ideas de la Ilustración (y sus críticas) y de los movimientos igualitarios y populares.

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