la nueva derecha
Texto de leído en el evento "Las nuevas derechas y sus estrategias", organizado por el MPP, en la Huella de Seregni, el lunes 6 de setiembre de 2021.
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Nos encontramos hoy a hablar de la nueva derecha. Conviene entonces que empecemos aclarando qué entendemos por derecha y qué tienen de nuevas de las derechas con las que nos encontramos en el presente.
Empecemos, entonces: la derecha es la defensa de las jerarquías frente a los movimientos igualitarios y emancipatorios que las cuestionan. Digamoslo así: siempre que alguna desigualdad sea atacada, algo va a responder. Esa respuesta, esa reacción, es la derecha. Las derechas, entonces, son el conjunto de las estrategias desplegadas por los sectores dominantes en la sociedad (y en el sistema internacional) para defender sus privilegios.
Es importante, ya que hablamos de “nuevas” derechas, hacer notar que las derechas no necesariamente son (y de hecho, normalmente no son) conservadoras en el sentido de estar en contra de todo cambio. De hecho, no es raro que las derechas sean intensamente reformistas, e incluso se ha visto más de una vez que apuesten a golpes revolucionarios. Un ejemplo: el frenesí reformista de los neoliberales, para los que todo puede ser modificado para que se parezca aún más a un mercado. Otro: en los años antes de Hitler en Alemania, diferentes nacionalismos conservadores hablan de la necesidad de una “revolución conservadora”. Puede que haya que cambiar muchas cosas para que todo siga igual.
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Viniendo al acá y al ahora, no es evidente que en Uruguay haya nuevas derechas. La parte más importante de la derecha uruguaya, la que hoy gobierna, es el neoliberalismo. Al neoliberalismo lo podemos encontrar en Uruguay desde finales de los años 50 (con la conversión de Jorge Batlle y las reformas de Azzini), y tiene una presencia importante por lo menos desde finales de los 60 (con el “gabinete empresarial” de Pacheco). Pegó un salto en calidad en los 70 (con la dictadura, las gestiones ministeriales de Vegh Villegas y la fundación de Búsqueda) y otro salto en calidad en los 90, con el gobierno de Lacalle (padre), las discusiones sobre la privatización y la llegada de Ramón Díaz al Banco Central. Hoy el neoliberalismo es el discurso hegemónico en el país, y es raro que alguien que aspire a ser respetado y a ejercer algún poder en la sociedad (incluido en la izquierda) se aleje demasiado de los límites que el neoliberalismo pone.
Entonces, por ahí, nada nuevo. Quizás haya novedades por ese lado en Argentina con el auge de los libertarians. Es esperable que algo de eso derrame acá en los próximos años. Pero por el momento es un fenómeno marginal. En todo caso, hoy no me voy a ocupar del neoliberalismo. Si quieren más información sobre eso, he trabajado el tema como parte del colectivo Entre en el capítulo 4 del libro “la reacción”. Para una versión más corta y oral, pueden escuchar una entrevistaque me hicieron hace unas semanas en M24.
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Pero el liberalismo no es la única derecha que existe. Hay también una derecha anti-liberal, que es más difícil de nombrar. Hay quienes la llaman “populista”, aunque tengo mis dudas de que sea el mejor nombre. Podríamos también llamarla “fascista”, pero eso traería reacciones que nos complicarían la conversación. Llamémosla, entonces nacionalista-conservadora.
El liberalismo y el nacionalismo conservador, por cierto, se odian entre ellos. Se piensan el uno en oposición al otro. Cuando liberales y nacionalistas conservadores piensan en la izquierda, cada uno la piensa como una parte del otro: para los liberales, la izquierda es un populismo estatita y conservador; para los nacionalistas conservadores, la izquierda es un liberalismo cosmopolita y economicista. Pero el juego de espejos tiene su reverso: cada una de estas dos derechas es, a su modo, una forma de cooptar a la izquierda.
El liberalismo coopta a la izquierda apelando a su costado iluminista: le intenta mostrar que la mejor forma de lograr el bienestar de las grandes mayorías es creando mercados eficientes, atrayendo la inversión, dando seguridad jurídica. El nacionalismo conservador, mientras tanto, coopta a la izquierda sustituyendo el discurso de clase por la cuestión nacional, convocando al pueblo a disputas geopolíticas donde se borran las ideología y planteando la necesidad del dominio de élites y líderes nacionales para guiar al pueblo.
Hay, detrás de esto, un problema de poder. Cuando la izquierda gobierna, puede encontrarse en la posición de necesitar atraer inversiones de capitales trasnacionales que generen empleo y muevan la economía, por lo que necesita hablar el idioma del neoliberalismo; pero también puede verse en situaciones en las que se hace necesaria una alianza con pequeños capitales y factores de poder como las fuerzas armadas, para formar “campos nacionales” contra el imperialismo o el capital trasnacional. Insólitamente, puede verse haciendo las dos cosas al mismo tiempo.
Mirada desde el punto de vista de la izquierda, la cuestión da otra vuelta: dos de las grandes alas de la izquierda son zonas de frontera de ésta con las dos derechas: el progresismo tecnocrático es la frontera entre la izquierda y el liberalismo; mientras el nacionalismo popular es la zona de frontera entre la izquierda y el nacionalismo conservador. Presentada así, la disputa al interior de la izquierda es una continuación de la interna de la derecha.
De repente, la lucha no es entre izquierda y derecha (es decir, no es una disputa entre la impugnación de las jerarquías sociales y la reacción, o dicho más simple, no es una cuestión de lucha de clases), sino entre liberales y nacionalistas conservadores. Los liberales convocan a los progresistas a luchas contra los resabios de la barbarie premoderna, y de defensa de las minorías contra nacionalismos homogeneizantes; mientras los nacionalistas conservadores convocan a los nacionalistas populares contra las élites cosmopolitas. Para los liberales, la lucha es entre el atraso y el progreso (y entre la tolerancia y el autoritarismo); para los conservadores, entre el auténtico pueblo y los degenerados cosmopolitas. Montando una oposición sobre la otra, logran que el auténtico pueblo sea pensado como conservador, y que toda defensa de las minorías o toda idea de progreso sea presentada como una cuestión de élites liberales. La derecha, desdoblándose, forma, así, una pinza, de la que las izquierdas tienen problemas para escapar.
Por supuesto que cuando la izquierda crece, y amenaza las jerarquías, los privilegios, las desigualdades, las dos derechas se unen a toda velocidad. La mayor parte liberales se olvidan rápidamente de sus puritos institucionalsitas cuando llega la hora de apoyar a Mussolini y a Bolsonaro. Y la mayor parte de los nacionalistas conservadores se olvidan de sus apelaciones al terruño y el romanticismo cuando llega a hora de poner a Végh Villegas a dirigir la economía. A nacionalistas como los de Cabildo Abierto siempre se les debería recordar que gracias a nacionalismos como el suyo, que arrasaron con las izquierdas a sangre y fuego, el neoliberalismo globalizado logró hacerse hegemónico. Siempre, siempre que la situación pase de castaño oscuro, liberales y nacionalistas conservadores van a unirse.
Y la razón en sencilla, y tiene que ver, por supuesto, con la clase. El liberalismo responde al capital trasnacional (especialmente financiero, tecnológico y comercial). El nacionalismo conservador, a capitales que, por alguna razón, están fuertemente asociados a un territorio o un estado: Bush a los petroleros de Texas, Trump a la construcción, los Herrera, los Manini, los Bordaberry, a la economía rural, en todas partes, en las industrias de la seguridad y el armamento. Entre ellos hay intereses enfrentados, pero ambos tienen intereses comunes cuando se trata de aplastar desafíos al poder del capital.
Una última cosa sobre esto: a menudo, el liberalismo y el nacionalismo conservador conviven en una misma persona. Y no es casualidad que el gran liberal uruguayo sea el mismo que el gran nacionalista conservador: Luis Alberto de Herrera.
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Si en Uruguay tiene sentido hablar de “nueva derecha”, es porque existe Cabildo Abierto. Este partido, que cuenta con tres senadores y dos ministros, no llega a los cuatro años de edad. Surge a finales de la década de 2010, coincidiendo con el auge de otras ultraderechas nacionalistas conservadoras del mundo. Y es, a grandes rasgos, más o menos análogo a ellas en sus posturas anti-izquierdistas, anti-liberales, antiglobalistas y estatistas (paréntesis: Que hoy esta derecha antiglobalista forme parte de un gobierno neoliberal hiper-aperturista nos habla de lo que decíamos recién).
Normalmente, las ultraderechas aparecen como radicalización de las derechas convencionales del espectro político de sus países (como en el caso del Partido Republicano estadounidense), o como crecimiento rápido (o a veces no tan rápido) de posturas ultraderechistas de larga data, que encuentran su oportunidad (como el caso de Bolsonaro o Le Pen). Cabildo Abierto, sin duda, tiene mucho de eso, siendo un partido formado por políticos que vienen de los partidos tradicionales y de ambientes ultraderechistas que existían en los pliegues más oscuros del estado y la sociedad, y que después de mucho buscar encuentran su casa política.
Pero Cabildo Abierto también es una cosa más rara, por sus numerosos vínculos con el Frente Amplio. Listo algunos: Durante la crisis de 2002, Hugo Manini (hoy director de La Mañana), siendo dirigente arrocero, propició que los cultivadores de arroz (mejor dicho, los empresarios del arroz), se aliaran al Pit-Cnt contra el gobierno neoliberal, formando la Concertación para el Crecimiento, que sería una pieza clave para el triunfo del Frente Amplio en 2004. Otro: Marcos Methol, antes de ser fundador de Cabildo Abierto, fue frenteamplista, más precisamente parte de la lista 711. Y Guido Manini, líder del partido, fue nombrado jefe del Ejército, un cargo esencialmente político, por el gobierno frenteamplista en 2015. Y todo lo que ya saben, no tengo que venir a explicárselo a ustedes.
¿En que se basan esos vínculos? Seguramente haya algo de casualidad: en un país chico todos nos conocemos. También algo de realpolitik: en los cálculos de la búsqueda de apoyo, en determinado momento se puede haber llegado a la conclusión de que, vistas las otras opciones, era razonable tener cerca a estos actores (aunque, una vez que ponen un partido de ultraderecha que termina siendo definitorio para la victoria de la derecha, habría que revisar que tan real fue esa realpolitik). Pero hay también, y esto es lo más interesante, una dimensión ideológica.
Cabildo Abierto es un partido nuevo, pero que representa cosas viejas. A los militares de la dictadura, por supuesto. Pero también a otras cosas. Cuando ellos cuentan su linaje ideológico, mencionan al filósofo elitista y latinoamericanista José Enrique Rodó, al dirigente ruralista y anti-comunista Benito “Chico-Tazo” Nardone y al teólogo católico y populista Alberto Methol Ferré. Conviene concentrarnos en este último, por varias razones. En primer lugar, porque Methol reivindicó a Rodó y militó con Chico Tazo, y es desde esa trayectoria que su hijo Marcos y los hermanos Manini toman esta tradición. En segundo lugar, porque Methol es una figura importante para la izquierda. Después de formarse en el herrerismo, el hispanismo (nombre cultural del franquismo) y el ruralismo, Methol, impresionado por la experiencia peronista, llegó a la conclusión de que eran necesarias alianzas policlasistas con una mirada nacional, tendiente a la construcción de la unidad latinoamericana. Se hizo amigo de Abelardo Ramos y Vivián Trías, formó parte de la Unión Popular, escribió en Marcha y llegó a ser asesor de Seregni.
En los 70, Methol se dedicó a militar en la Iglesia Católica, enfocado en combatir a la teología de la liberación, a la que vio como una peligrosa infiltración del materialismo, la lucha de clases y en última instancia el ateísmo en la Iglesia. Methol fue uno de los artífices de la “teología del pueblo”, una respuesta que intentó dar cuenta de los problemas que planteaba la teología de la liberación, sin esos peligros, articulando una especie de populismo teológico. En esa cruzada, fue aliado de Raztinger y Juan Pablo II, y polemizó duramente contra Luis Pérez Aguirre y Juan Luis Segundo. De la corriente teológica de la que Methol fue co-fundador es de donde viene el actual papa Francisco.
Methol fue un antimarxista consecuente, y un convencido de la bondad esencial de la gesta civilizadora de la Iglesia y el Imperio Español. Creía que las fuerzas armadas tenían un rol fundamantal en cualquier proyecto nacional y era escéptico sobre las denuncias de violaciones a los derechos humanos. Y pensaba, siguiendo a Juan Pablo II, que en la actualidad el diablo tenía dos caras: el ateísmo mesiánico (es decir, el marxismo) y el ateísmo libertino (es decir, el feminismo, la diversidad sexual, etc.). Pero también entendía que la construcción de la Patria Grande (que entendía como una reconstrucción del Imperio Hispánico católico) requería de una amplia alianza contra los liberalismos de las urbes comerciales, que podía, en ciertas coyunturas, incluir a la izquierda, bajo condición de que el marxismo no hegemonizara esa alianza.
Aunque los dirigentes medios de CA probablemente sean fascistas más o menos convencionales, y su base muy diversa, Methol Ferré parece ser una buena guía para entender a la ideología de los principales dirigentes de Cabildo Abierto. No estoy diciendo, que se entienda, que Methol sea de derecha, y que por lo tanto no hay que leerlo. Al contrario, estoy diciendo que leerlo es urgente.
Las virtudes de Methol son las virtudes del mejor conservadurismo, y no son pocas. Methol se toma en serio a la materialidad de la geografía. Recuerda permanentemente la historia larga. No desprecia la singularidad de las personas y las situaciones. Se interesa por las costumbres y los sentimientos del pueblo. Presta atención a las lógicas que hacen que ciertos colectivos humanos se expandan y funcionen, y otros no. No elude el problema del sentido. Discute directamente, con cierta calidez cristiana hacia sus enemigos elegidos. Escribe con ligereza sobre los temas más espinosos. No teme defender causas minoritarias, y hace el esfuerzo de hacerlas mayoritarias. No es ingenuo al hablar sobre la violencia y la guerra. Demuestra una erudición asombrosa. Su biografía muestra que fue, al mismo tiempo, un negociador inteligente y habilidoso mientras mantuvo firmes sus posturas ideológicas.
Y leerlo no es urgente solo porque nos ayude a entender a la derecha. También porque nos ayuda a entendernos a nosotros mismos, y porque le dio a la izquierda, en un momento, algo que necesitaba desesperadamente: un camino para encontrarse con el interior y con América Latina.
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Después de la crisis del iluminismo batllista, la izquierda buscó un nuevo camino. De diferentes formas, Quijano, Arismendi, Trías y Sendic fueron formas de encuentro entre la izquierda y la cuestión nacional latinoamericana, al calor del despertar del Tercer Mundo. El lenguaje nacional-popular es el gran articulador de los primeros discursos del FA, que esperaba de ese modo llegar a grandes mayorías que no necesariamente escucharían un discurso marxista. Ese discurso nacional-popular tomaba como insumos, entre otras cosas, elaboraciones que venían de diferentes vertientes de derechas ruralistas, nacionalistas y católicas, es decir nacionalistas conservadoras.
Después de la dictadura, el terreno ideológico cambió completamente. El horror de la dictadura transformó en central la cuestión de los derechos, la crisis de la deuda quebró el sueño de la independencia económica y la disolución de la Unión Soviética hizo imposible el tercerismo. El Frente Amplio construyó, entonces, un progresismo tecnocrático y centrista que tomó el neodesarrollismo de la CEPAL. Es decir, fue un acercamiento estratégico al neoliberalismo.
O sea: el FA tuvo un primer momento nacional-popular (sesentista) y un segundo momento progresista (ochentista). Ambos perfectamente explicables por sus contextos históricos. Las dos cosas conviven hoy dentro suyo. Y por eso hay dentro suyo algo de neoliberalismo y algo de nacionalismo conservador.
Esto no es
necesariamente algo malo, y quizás sea inevitable. Porque si es
cierto que el liberalismo y el nacionalismo conservador están
siempre intentando cooptar a la izquierda, dos pueden jugar ese
juego, y la izquierda puede jugar a desplegar con astucia discursos
con ciertos parecidos a ellos para atraer a quienes estén en la zona
de frontera. En un sentido un poco más profundo, la izquierda tiene
dentro suyo al materialismo de la Ilustración, que es una de las
fuentes del liberalismo; y también algo de mesianismo y de amor
romántico al pueblo, cosa que comparte con el nacionalismo
conservador. Las fronteras, en política, siempre son difusas.
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Las últimas décadas de lucha política han acostumbrado a la izquierda a la disputa contra el liberalismo, específicamente contra el neoliberalismo. Hacía tiempo que no teníamos que responder al patriotismo anticomunista, de resonancias católicas y con guiños populistas que parece emerger ahora. Y por eso seguir con una estrategia para la que todo lo anti-liberal es amigo puede ser muy peligroso. Lamentablemente, más de uno está caminando en esa dirección, bajo riesgo de transformarse irreversiblemente en un ultraderechista. Las derechas del tipo de Cabildo Abierto son más raras, menos dogmáticas y más radicales, más capaces de confundir y de esconderse. Pero eso no las hace menos peligrosas.
¿Qué tiene que hacer la izquierda ante esto? Una primera respuesta, intuitiva y razonable, es la unidad. Esto implica rechazar la oposición entre liberales y nacionalistas conservadores (y por lo tanto entre progresistas y nacionalistas populares), y plantarse en oposición a los dos, con discursos que puedan atraer a las bases de los dos.
Pero hay una respuesta más profunda y más urgente, que pasa por entender que estamos en un momento nuevo. Y que si la izquierda aspira a no desaparecer de la historia, tragada por una de las dos derechas, o de a pedazos por las dos, tiene que pensar qué es ella misma. Cual es su núcleo espiritual, ideológico, organizativo, material. Cual es su tradición, sin pedirle prestada la historia ni a los liberales ni a los nacionalistas conservadores. Cuales son sus referentes intelectuales. Cuales son sus ideas, sus proyectos y sus deseos. Habría que revisistar el materialismo, dialogar con el pensamiento contemporáneo, construir una mirada crítica desde dentro de la cultura actual, desde los memes al trap, hacer diangósticos nuevos sobre los actores sociales y las relaciones de fuerzas, renarrar las tradiciones nacionales. Es decir, volver a hacer el trabajo que, con mucha paciencia, ya se hizo tres veces ante situaciones nuevas: en el 900, en los 60 y en los 80.
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