¿qué nos dice la antipolítica?

Ponencia leída el VII Congreso Uruguayo de Ciencia Política, el 4 de agosto de 2021.

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Hace un tiempo ya que no trabajo en la academia, para dedicarme al periodismo. Voy a empezar, entonces, contando una anécdota de mi trabajo periodístico. El día que el presidente fue al Parlamento a dar su informe a propósito del primer año de su gestión, estuve en el Palacio Legislativo cubriendo el acto para Brecha. A los periodistas no nos dejaron entrar al hemiciclo, por lo que camarágrofos, fotógrafos y noteros estábamos amontonados atrás de una cinta. Si intentara describir el ambiente en el “detrás de cámaras” de ese ritual de Estado, diría que oscilaba entre la joda y el cinismo hacia la política. Era curioso ver que las personas que estaban, materialmente, produciendo el espectáculo de la política para consumo masivo no parecían tener una particular reverencia o interés hacia ella.

Otra anécdota: un buen día voy a un Comité de Base a conversar con algunos militantes jóvenes que me habían invitado. Me cuentan de su participación en una olla popular de la zona, y de su frustración con que algunas de las referentes de la olla, militantes solidarias y comprometidas, negaran que lo que hacían fuera político, y llegaban a expresar un rechazo abierto hacia la política. Otra anécdota, que en realidad no es una, sino un resumen de incontables conversaciones con militantes políticos, estudiantiles y de los más diversos colectivos: apenas uno entra en confianza con ellos, empieza a aparecer un malestar. La rosca, la falta de participación, las asimetrías de poder, las discusiones de procedimiento, las rivalidades al pedo, producen una sensación de hastío, de sinsentido. Los militantes nuevos, muchas veces, huelen eso ni bien entran, y no llegan a la tercera reunión. Y termino con un ejemplo cercano al campo politológico: a los politólogos les suele interesar la política. Pero es raro que hablen (a propósito) desde un discurso político. Cierto agnosticismo, cierta lejanía, cierto (nuevamente) cinismo, es recomendado para quien se dedique a estudiar la política. En el mismo sentido, podríamos hablar de la lejanía respecto a la política del grueso de la intelectualidad, el arte, etc. Incluso, no es raro que en organizaciones propiamente políticas, las cuestiones “de fondo” sean eternamente postergadas en favor de cuestiones del día a día de las micro-disuptas, los informes de comisiones, etc. Estas situaciones antipolíticas tienen una peculiaridad: que suceden en el seno de la política misma. Pareciera que quienes están más adentro del mundo político, quienes lo sostienen, lo producen, lo muestran, tienen serias dudas sobre lo que están haciendo.

Esto no debería sorprender. La idea de que la política, la democracia y la ideología no funcionan es hegemónica, y viene de la que es hoy la ideología dominante – el liberalismo, supuestamente el corazón ideológico de la democracia. Tenemos un presidente que dice que gobernar no es política, y unas élites empresariales (es decir, la clase dominante) para las que las prácticas y los discursos de la empresa deben ser trasplantados a la política sin mayores cambios. Es decir, la antipolítica no viene “de afuera”, sino del núcleo mismo de nuestro campo político.

La idea de que la política no es necesariamente algo bueno no viene solamente del liberalismo, o de la derecha. De hecho, en la tradición revolucionaria, por ejemplo en el marxismo clásico, la política es sinónimo de dominación por la fuerza, de dictadura de clase. Que puede ser un mal necesario en una situación de transición, pero debería desaparecer cuando la administración de las cosas sustituya al gobierno de los hombres. Es decir, cuando la gestión supere a la política. En el anarquismo, por cierto, tampoco tiene la palabra “política” una connotación positiva.

Los discursos antipolíticos, además, vienen de dos de las formas más usuales de entender la política en el mundo contemporáneo: el populismo y la tecnocracia. En el primer caso, es común que empresarios, militares, presentadores de televisión u “hombres de pueblo” hagan campaña contra la política y los políticos, apelando a la gente común. A menudo, “la gente común” responde, lo que indica que por lo menos en algunas sociedades el discurso antipolítico es popular. En el segundo caso, economistas, ingenieros, gerentes, empresarios, tecnócratas oponen la política (vista como algo vetusto y corrupto) a las buenas prácticas de gestión, al conocimiento sobre como hacer las cosas. O sea, la política está reñida con las ideas más elaboradas sobre como gestionar la vida colectiva.

¿Es razonable, desde la “defensa de la política”, ignorar estos reclamos populares y estos conocimientos? Podríamos decir que hay gato encerrado. Ciertamente los “populistas” raramente son verdaderos outsiders. A menudo es gente con décadas en los pasillos del poder y sus aledaños. Después de todo, un empresario millonario o un presentador de televisión es alguien que está más que habituado a la simulación y al disimulo, al mando, a la táctica, a la negociación. Algo parecido podríamos decir de los tecnócratas: ¿hay acaso algo más político que decirle a los gobiernos qué hacer, que estudiar los secretos del poder (es decir, de lo posible)? ¿acaso podemos negar que la mayoría de las veces que un “analista” dice que los mercados es pueden enojar, eso, más que un análisis, es una amenaza? ¿acaso una gran empresa, con sus mandos medios, sus asambleas de accionistas, sus elaborados reglamentos, sus luchas de poder, sus liderazgos carismáticos, su propaganda, su influencia en la legislación y las negociaciones internacionales, no es, fundamentalmente, una organización política? Todo esto es cierto. Pero insisto en que convendría escuchar con atención al sentimiento antipolítico en el campo popular y a las críticas que desde las diferentes disciplinas y técnicas dedicadas a la gestión y sus alrededores.

La discusión sobre política y antipolítica tiene su versión filosófica. Todo un campo del pensamiento contemporáneo ha planteado revindicaciones de la política, oponiéndola al cálculo, la gestión, la administración, la policía. Hablo de Jaques Rancière, Alain Badiou, Giorgio Agamben y, en Uruguay, Sandino Núñez. Para estos pensadores, la política es la posibilidad de salirse de la inercia de lo dado, de escapar de la “jaula de hierro” del mundo adminsitrado neoliberal, de crear una situación nueva. El acontecimiento es algo que nace casi de la nada, negando radicalmente la situación anterior. Y los movimientos de perillas, las pequeñas luchas, las disputas electorales son simplemente la máquina del sistema funcionando. Creo que estos pensamientos vienen a traer un punto importante. Señalan la ausencia de verdadera política en el mundo contemporáneo, y lo mucho que, en el aparente cambio, sigue igual. Señalan lo agobiante de la dominación y de la reproducción del capital.

Muy a la derecha de estos pensamientos, pero con algunos parecidos, aparece el jurista, teólogo y teórico político nazi Carl Schmitt. Viniendo desde el nacionalismo romántico, para Schmitt el estado tiene (al contrario que en el liberalismo, en el anarquismo y también -no olvidemos- en el marxismo clásico) una connotación fundamentalmente positiva. Schmitt denuncia la despolitización liberal, afirma la lógica amigo-enemigo y la naturaleza teológica del pensamiento político. Hay algo de Schmitt, hasta hoy, en el pensamiento populista, expresado filosóficamente en el teólogo frenteamplista-conservador-católico Alberto Methol Ferré y en el postmarxista-peronista-lacaniano Ernesto Laclau.

Debo decir que me da un poco de escozor que el pensamiento nazi haya logrado sobrevivir para incorporarse en un lugar discreto pero fundamental en algunos razonamientos de izquierda. Por cierto, ese no es un problema exclusivo de los populistas. La ciencia política mainstream toma a simpatizantes del fascismo como Pareto o Michels como parte del canon, sin despeinarse. Resulta que tomar como un hecho inevitable la dominación de élites y la imposibilidad de la democracia, y que pensar que hay un momento irracional de decisión y la dictadura que manda sobre la política son afirmaciones científicas no especialmente polémicas. En fin, me fui de tema.

En la postura de Schmitt hay un discurso explícitamente teológico. Pero implícitamente también lo hay en los filósofos “continentales” antes citados (no son casuales los coqueteos de Badiou, Agamben, Zizek y otros del estilo con el catolicismo). La idea de que habría una política pura, verdadera, ajena al cálculo y la economía hace acordar a la idea de una libertad del alma ajena a las pasiones del cuerpo, por fuera de la determinación. Creo que desde una postura materialista y radicalmente democrática, en la tradición de Maquiavelo, Spinoza y Marx, deberíamos cultivar un sano escepticismo hacia ese tipo de metafísticas y teologías.

Pero volvamos a las anécdotas como las del principio de mi ponencia. Vivo hace muchos años en el mismo barrio, y por eso he desarrollado una amistad con la fiambrera del almacén. Una señora entrañable. Un buen día, en una conversación que podría haber sido sobre el clima o sobre los rulos de mi hija, me preguntó de qué trabajaba. Le conté que me dedicaba al periodismo político. Ella explotó de rabia contra los políticos y los periodistas, corruptos y mentirosos. Cualquiera que haya leído a Maquiavelo sabe que los políticos y los periodistas son, efectivamente, corruptos y mentirosos, por lo que no tenía muchos elementos para discutirle. Quizás, en una conversación más larga, hubiera intentado elaborar una postura antimoralista que desplazara el centro del problema desde la moral y la corrupción hacia el realismo y la construcción de potencia colectiva. Pero mi niña estaba intentando destruir un paquete de queso rallado y tuve que irme.

Ese día, vi una comprobación directa de que la antipolítica existe, y está cerca. Y no es fácilmente decodificable como de izquierda o de derecha. Es, eso si, antielitista. Lo que tiene sus peligros. Los liberales vienen advirtiendo hace siglos sobre la tiranía de las mayorías (lo que es muy conveniente para los empresarios que financian al liberalismo). La ultraderecha entiende bien este clima antielitista, y propone una interpretación: las élites que hay que atacar son los intelectuales, los degenerados, las feministas, los sindicalistas y las Naciones Unidas. Todo articulado en torno a las viejas teorías de conspiración antisemitas, según las cuales agitadores con intenciones inconfesables quieren quebrar la moral de la nación para destruir su soberanía en favor de cábalas de comeniños, etc. Es lógico que desde la izquierda se reaccione con horror a estas narraciones. Pero ¿no deberíamos ser nosotros los antielitistas? (una aclaración: quien escribe es de izquierda, por las dudas cabe aclarar que la primera persona del plural, no aplica, por supuesto, a quienes no lo sean, pero no veo razón para privarme de usarla, ni creo que hacerlo me quite la licencia de politólogo). De más está decir que la fiambrera del almacén no es fascista, ni nada que se le parezca remotamente.

El problema con la antipolítica es que a veces, más que una postura o un discurso, es una situación objetiva. ¿Cuanto puede, efectivamente, la política, en una situación en la que “los mercados” pueden destruir la moneda o las fuentes de ingresos de países enteros? ¿Cuando una maraña de tratados de inversión constriñe la capacidad de legislar en la escala nacional? ¿Cuando el simulacro mediático llega hasta tal punto que la textura de la realidad misma es puesta en cuestión?

Hay pensadores contemporáneos que buscan astucias para enfrentar esta situación. Paolo Virno, Diego Sztulwark, James Scott y Amador Fernández-Savater son buenos ejemplos. Son autores que buscan escuchar al reverso de lo político, a los elementos plebeyos, a la ambivalencia de la multitud, a los guiones ocultos. A las formas discretas de resistencia y conestación, a lo inesperado, a lo que efectivamente la gente hace.

Esto puede ser importante para pensar como, de repente, Chile, el país supuestamente más despolitizado y neoliberal del continente, produjo un levantamiento popular que forzó un proceso constituyente. También puede ayudar a pensar en como hablar con esos amplios mundos a los que no les interesa “la política”. A pensar en las formas como las grandes masas se protegen, con indiferencia y cinismo, de la desinformación y el simulacro. De las razones por las que alguien puede pensar razonablemente que la política no sirve para nada.

Aunque sepamos, por supuesto, que sirve, y todo lo que ya sabemos. Pero eso no se lo tengo que explicar yo a un panel de distinguidos politólogos. Lo que si quiero es invitar a considerar lo que puede estar pasando del otro lado, con una hipótesis provocadora, que sé que no es del todo cierta, pero quizás es más cierta que una postura que la niegue totalmente.

La hipótesis es que quizás no tengamos un problema de despolitización, sino de sobrepolitización. De exceso de propaganda en las redes. De saturación de “línea” en los medios de comunicación. De whatsaps mentirosos e insportables. De campañas electorales infinitas y vacías. De especulaciones tácticas sobre las jugadas de los políticos. De informativos de dos horas en horario central con políticos hablando treinta segundos de cosas que nadie termina de entender. De discursos gritones, berretas. De luchas entre grupúsculos por cargos. De aparateos interminables en las organizaciones sociales que, con la excusa de la unidad, destruyen la potencia colectiva (sé en carne propia que el horizontalismo extremo también tiene sus problemas, y sé también que la potencia colectiva a veces necesita ser apurada, pero esa es otra ponencia). La gente se da cuenta de todo eso. Nosotros también, y creo deberíamos darle a esto, que se ve a simple vista, una mayor estatura teórica.

Un buen habermasiano podría decirme que los fenómenos que listo en el párrafo anterior no tienen nada que ver con una política virtuosa, y que en todo caso, más que una sobrepolitización lo que estoy ilustrando es una gran ausencia de política. Quizás. En un punto, es un problema de palabras. Y parte del problema es que la enorme mayoría de la gente llama política a las cosas que acabo de listar.

Quiero ser claro en que no vengo yo, que he dedicado mi vida adulta a la política, a hacer un discurso antipolítico para hacerme el gracioso en el Congreso de Ciencia Política. Afirmo, por si es necesario, mi convicción profunda de que lo mejor de la vida está en lo colectivo. En que la construcción de potencia de a muchos, la discusión sobre lo que queremos hacer, el deseo de transformación, son cosas que valen la pena. Pero quizás muchas de las cosas que llamamos “política” no son precisamente útiles para eso. Que neoliberales, fascistas y demagogos de todos los pelos se aprovechen de esa realidad no la hace menos real.

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